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domingo, 16 de diciembre de 2012

sinfonía en el mar capítulo nueve

Capítulo 9

Eran las siete de la mañana y Noemí, la joven negra que atendía en el restaurán de la plaza limpiaba la mesa en donde Cati había desayunado:
-¿qué habrá pasado muchacha? Cati estaba llorosa y se fue intempestivamente:
-ve to a saber doña Ger, seguro ya se pelearon, esque el Roberto chupa mucho pues:
-hay muchacha, ya te he dicho que no me digas doña Ger, mi nombre es Gertrudis y ya deja esa mala costumbre de hablar con jerga, en mis tiempos ¡que iba a hablar uno así! Dijo doña Gertrudis:
-me la pone muy difícil, ya nadie se acuerda de sus tiempos:
-jajajaja, muchacha tonta, cuando tengas setenta años ojala hayas ganado todos los conocimientos que yo, trato de instruirte pero parece que sólo te importa perder el tiempo con ese jovencito, idilio:
-se llama Idalio doña Ger, digo Gertrudis, perdón, doña:
-ya olvídalo niña, el caso es que es tu idilio:
-ya ve, uté también habla con jerga además en sus tiempos también hablaban así:
-no muchacha:
-¿entonces porqué la letra de ese vals? Ese que dice yo la quería patita, era la Gila más buena moza del callejón:
-porque no faltan los que malogran nuestro lenguaje y los compositores en algunas canciones dan a conocer la forma de hablar de la gente sin cultura, sigue limpiando, voy a la cocina a ver el agua; dijo doña Gertrudis y dejó a Noemí sola.
No habían clientes, el único que llegó fue Idalio quien como siempre la miraba deslumbrado, pues la chica tenía un bello cuerpo, hermosos ojos y aunque de cara no era bonita tenía una gracia imnata ya sea por su mirada o por la simpatía que irradiaba, Noemí a sus dieciocho años se había convertido en la chica más codiciada de su calle pero Idalio era el único que había ganado su cariño lo cual hacía más interesante aún esa relación:
-dame un desayuno pe, de aquí me voy a la chamba:
-espérame, te lo traigo; dijo ella y sacó de la cocina un baso de leche con un pan:
-gracias preciosa, toma la marmaja, dos soles como siempre:
-gracias, ¿qué tal la chamba?:
-más o menos, dice el camayo que la caña de azúcar ha bajado de precio pero igual me van a pagar mi jornal completo:
-que bueno, es lo justo; dijo ella.
Mientras tanto en casa de los Aguirre Marcela se disponía a salir cuando vio a Rodrigo cargando un costal de manzanas:
-¿de dónde sacaste esa fruta? Preguntó:
-de mi negocio, es para vender; dijo él algo nervioso y luego sonrió:
-¡para que aprendan! Muy bien hermanito, pronto serás el hombre de esta casa; dijo Marcela orgullosa:
-algo aquí me huele mal; pensó Lucía:
-ya me voy; dijo Rodrigo luego y se fue tambaleando un poco por el peso del costal, pues a sus once años no tenía tanta fuerza y además era bastante delgado:
-no sabemos por donde anda, deberíamos estar más pendientes de él; dijo Lucía:
-como siempre tú tan suspicaz, haber, ¿porqué no vendes tanto como Rodrigo? ¿Por qué a veces me tienes que pedir dinero para comprar hilo? Preguntó Marcela y Lucía no pudo más que quedarse callada, en sus ojos pequeños se dibujaba la vergüenza:
-cuidado con la envidia, eso no debe haber entre hermanos:
-no Marcela, Lucía no es una envidiosa y tiene razón, deberíamos vigilar a Rodrigo; dijo Pablo:
-él no para jugando al trompo como tú, por eso gana más:
-de todas maneras, acuérdate del incendio en la vereda:
-puede enmendarse, mejor apúrate con los refrescos para que vayas a vender; dijo Marcela y nadie dijo nada más porque sería perder el tiempo, era una chica muy obstinada.
Después de que Idalio se fue no hubieron clientes hasta las diez de la mañana cuando aquel forastero anciano entró al restaurán y se sentó a la mesa con el sombrero puesto:
-buenos días señor, aquí le dejo la carta, cuando sepa lo que va a pedir me llama, estaré pendiente de los clientes que puedan venir:
-ya jovencita; dijo él y mientras leía la carta se dio cuenta de que era el único cliente.
 Doña Gertrudis lo vio desde la cocina y se puso más empeñosa en el preparado de los alimentos, una sonrisa se dibujó sin darse cuenta en sus labios y le dijo a Noemí que atendiera bien a los clientes, que vaya a preguntarle al señor que se iba a servir, ella fue a la mesa en donde estaba él y casi como si fuera una grabadora dijo:
-¿qué se va a servir señor?:
-un lomo saltado por favor:
-ese plato se sirve en el almuerzo a la una de la tarde y viene con sopa:
-haga una esepción por mí, no he comido desde ayer:
-pida otra cosa, no podemos darle sólo el segundo:
-entonces déme tallarines:
-eso se sirve en la sena; dijo la chica, doña Gertrudis salió de la cocina y muy solícita dijo:
-pida lo que desee señor:
-no se preocupe, vendré a la hora de almorzar:
-si señor, porque el lomo saltado se sirve a la una:
-le prepararé un lomo saltado ahora mismo; dijo doña Gertrudis y le hizo una seña a Noemí para que se callase pero el forastero ya estaba algo enfadado, dijo que regresaba a la una y se fue del restaurán.
Cuando estuvieron solas doña Gertrudis riñó a Noemí quien no salía de su asombro:
-usted me dijo que los almuerzos se sirven a la una:
-si, ¡pero tienes que saber con quien haces una esepción! Por el estómago se les conquista a los Ho, a los clientes:
-si señora, tendré más cuidado; dijo Noemí:
-pa mí que ya se templó, a la vejez viruelas, como decía mi abuela; pensó luego.
Efectivamente a la una el forastero volvió al restaurán para alivio y contento de doña Gertrudis que envió a Noemí con el almuerzo a la mesa en donde se sentó el señor:
-está bueno el combo que le hemos dado al caballero, bien servido pa. que se vaya bien papeado, ya sabe, esta es la mejor comida del pueblo, venga siempre:
-¡¿qué es esa forma de hablar?! Estás incomodando al señor:
-déjela doña Gertrudis, es amable la muchachita:
-¿cómo sabe mi nombre?:
-nos conocimos en la tienda y oí que le decían doña Gertrudis:
-claro, ya recuerdo, ¿cuál es su nombre?:
-Francisco, para servir a esta bella dama:
-creo que llamaré a la violinista; pensó Noemí, después llegaron unos cuantos clientes y la conversación entre don Francisco y la dueña del restaurán se hizo amena.
Roberto estaba desesperado, había perdido a la mujer que amaba y ni siquiera podía comunicarse con ella por el celular pues lo tenía apagado, las horas se le hacían eternas y lloraba todas las noches a solas en su dormitorio, pasaron cuatro días sin saber nada de Cati y tuvieron que decirle a don Dimas que había viajado por algo urgente, era mejor así ya que si le decían la verdad él odiaría a su nuera y la juzgaría de la peor manera.
Duró poco sobrio y en la noche se fue al bar con dos amigos, según él era lo único que podía hacer para olvidar sus penas, en eso entraron al bar Hilda junto con su hermano Daniel para llevarlo a la casa:
-¡vamos Roberto! Dijo Hilda:
-déjame, ¿no vez que me estoy disipando? Mi mujer no me quiere, me abandonó; dijo él y comenzó a llorar:
-será mejor que vayas a descansar; dijo Daniel:
-¿quién es este?:
-Soy Daniel, tu hermano:
-no te había reconocido; dijo Roberto sorprendido:
-Nuestro hermano acaba de llegar, mejor vamos, estás mal; dijo Hilda y se fueron a la casa.
A la mañana siguiente sus hermanos le llamaron la atención por tomar tanto pero él no los escuchó, tenía la mente en blanco y el malestar de la resaca no lo dejaba así que se quedó dormido hasta las seis de la tarde, en los dos días siguientes Roberto iba al bar y sus hermanos estaban desesperados con esa situación.
Esa tarde no fue la esepsión y le dijo a Vernardo que no se puede generalizar y que ella iba a seguir con sus proyectos, después le dio una taza de té:
-deberías haber hecho sánguches, este té es mala gracia:
-entonces haz unos sánguches; dijo ella algo disgustada por la forma en que él le habló:
-eres desatenta; dijo Vernardo mientras sus ojos redondos miraban con impaciencia, estaba a punto de estallar de cólera pero se contuvo, era bien parecido, tenía facciones finas mas cada día su rostro se veía más rudo por la expresión iracunda de sus ojos que acentuaba su nariz recta y algo prominente.
Celeste no comprendía porqué se impacientaba tanto por cosas tan pequeñas como que el arroz esté ligeramente quemado, por no tener toda la ropa que se iba a poner sobre la cama, porque llovió de pronto o porque sus medias no estaban totalmente secas, mientras ella se reía con esos pequeños impases de la vida cotidiana él renegaba.

autora Esperanza Gómez-Cornejo Bazán 


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