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viernes, 21 de diciembre de 2012

Sinfonía en el mar capítulo dos

Capítulo 2

Las cosas no estaban saliendo como Celeste las había soñado, a veces no reconocía al hombre del que se enamoró y se preguntaba:
-¿en dónde está aquel hombre que plasmó en mi alma la forma del amor? Y que cada tarde me regaló entre besos poemas de latidos que sin decir nada dijeron mucho más que los labios más versados, ¡él me amaba, si!, amaba mi violín, por eso varias tardes antes de cada concierto iva esculpiendo mi imagen mientras tocaba para él y me decía que de las notas de aquel violín salían querubines, mas para mi, no había  cosa más bella que los latidos de su corazón.
-¿en dónde está, Vernardo? ¿En dónde está tu corazón? Pensaba cuando lo vio aparecer y mientras se disponía a abrazarlo deseaba con ferviente dulzura desenterrar su corazón oculto tal vez entre el hastío de la rutina pero él la esquivó con frialdad y todo siguió como en los días anteriores.
En la mañana Leonela salió a la tienda y se encontró con Celeste en el camino:
-ha, ese es tu alumno; dijo con desprecio al ver a Marcelo:
-buenos días señorita:
-¡me ha dicho la de la tienda que no hay pan!, exclamó Leonela muy enojada:
-mi alumno te está saludando; dijo Celeste y Leonela lo saludó con desprecio, ni siquiera le dirigió la mirada:
-no te preocupes del pan, ya compré una bolsa; al oír esto Leonela les dio la espalda y se fue:
-es una señorita rica:
-no, niñito, ¿porqué lo dices? Preguntó Celeste:
-porque los ricos siempre miran con desprecio, hací era la patrona de mi mamá, en su casa hablaban cosas feas delante de nosotros y no podíamos decir nada:
-en todo lugar hay gente buena y mala, no le hagas caso a esa señorita, tiene mal genio pero no es mala, además yo no permitiré que te haga nada:
-que buena es, hací era mi mamá:
-¿era?:
-si señorita Celeste, ella murió hace dos años con tuberculosis:
-¿tu padre?:
-se fue de la casa porque tenía otra mujer, no sabe nada de nosotros ni de mamá, no le diga a nadie que no tenemos padres, mi hermana Marcela dice que la gente nos haría daño, ¡no diga nada!; dijo casi llorando:
-no te preocupes, no diré nada; dijo Celeste calmando a Marcelito:
-tu y tus hermanos deben ir al médico para hacerse ver de los pulmones, pueden tener tuberculosis:
-no le diga nada a mi hermana mayor, ¡se enojará por haberle dicho!:
-está bien, no le diré nada pero pasado mañana irás conmigo a la posta, ¿qué comiste ayer en tu casa? Preguntó Celeste:
-huevo frito con arroz:
¿Qué comerás hoy?:
-lo mismo:
-no puedes comer todos los días lo mismo, si no te alcanza el dinero compra quinua y maís, eso alimenta y no cuesta mucho, diles a tus hermanos; dijo Celeste y desde ese día Marcela preparaba comidas un poco más variadas:
-se ve que es buena esa señorita, no se te vaya a ocurrir pedirle nada que no tenga que ver con la música, no hay que abusar de la bondad de la gente, además sería como pedir limosna y nosotros no somos mendigos, ¡qué vergüenza me daría saber que andan por allí de pedilones!.
Al oír esto Marcelo se sintió mal por todo lo que Celeste le invitaba de comer y decidió que no iba a ir al médico con ella, ya no recibía lo que le invitaba y le dijo que no iría con ella a hacerse el examen a los pulmones:
¿Por qué no quieres ir? Es por tu bien:
-no quiero abusar de su bondad, además nosotros no somos limosneros:
-eso ya lo se y se nota que eres un buen niño, no es malo recibir ayuda a veces, mucho menos si se trata de un alumno aplicado como tú:
-esque me da vergüenza, Marcela dice que no debemos incomodar a la gente:
-ustedes ya tienen muchos problemas, imagínate que estés enfermo y que por no hacerte el examen tu condición empeore hasta que tengas que tomar medicinas demasiado caras, ¡sería mucho gasto para tu hermana!, mejor alíviale el trabajo, acepta mi ayuda:
-está bien pero no le diga nada a mi hermana:
-no diré nada; dijo Celeste y fueron a la posta:
-¿Es apoderada del niño?:
-No doctor, soy su maestra:
-¿en dónde están sus padres?:
-No pueden venir:
-Eso es descuido, por eso hay tantos que se enferman; dijo el médico algo impaciente.
-no, es mi alumno; dijo ella sonriendo, se sintió feliz y pensaba en lo hermoso que sería tener un hijo, alguien a quien querer y educar, un niño a quien proteger, todo el camino se la pasó pensando en ello hasta que llegó a su casa y encontró a Vernardo discutiendo con Leonela:
-¡yo no se en donde está tu sombrero, no se!:
-¡lo puse en esa silla!:
-debe estar en tu cuarto, busca bien:
-¡Vernardo, ¡ya te he dicho que no está allí!:
-seguro has olvidado en donde lo dejaste hermana, busca bien:
-¿buscan el sombrero de cinta rosada? Preguntó Celeste:
-¡seguramente que tú lo moviste!:
-no pero te ayudaré a buscar:
-¡no puedo tener mis cosas en orden!, ¡tu esposa es una metete!, ¡¿quién le dijo que mueba mis cosas?!:
-debes aprender a ser más ordenada hermana:
-¡ha, claro!, ¡aquí la única desordenada es Celeste!, ¡yo me ocupo de la casa porque ella sale y sale!:
-aquí está tu sombrero, lo encontré en tu mesa de noche; dijo Celeste:
-ha:
-no te he pedido que me ayudes en la casa, no lo hagas:
-¡mi pobre hermano tiene que hacer las cosas por tí!:
-nos repartimos roles que él no debe dejar que tú hagas:
-yo lo ayudo porque lo quiero:
-¡no te metas a ayudarlo, no te metas!:
-¡mira como me trata tu esposa, es una mal agradecida!; exclamó Leonela:
-si no siguieras con tus proyectos tontos no tendríamos estos problemas; dijo Vernardo:
-¡en lugar de estar con ese niño harapiento dale un hijo a mi hermano!:
-¡esto es demasiado, Leonela!, ¡tú estás aquí de invitada, no puedes faltarme el respeto!:
-claro, yo estoy sobrando aquí; dijo Leonela llorando:
-no hermanita, no, ¡Celeste, mi hermana se merece una disculpa!:
-¡eso no, es ella la que debe disculparse!, date cuenta de que está faltando el respeto en esta casa:
-es mi hermana:
-y yo tu esposa:
-una esposa se encuentra en cualquier parte ¡pero una madre o una hermana no!:
-¿porqué me tratas hací Vernardo? Dijo Celeste con voz entrecortada y sintió que su corazón se desgarraba:
-¡eres un fiasco como esposa!, en el fondo eres una niña mimada, ¡no eres una mujer!, a mi todo me ha costado, pero tú que vas a saber de eso, ¡a ti todo te lo dieron!, si hubieras estado en mi lugar no hubieras sido nada, no cumples como esposa, ¡eso me pasa por haberme fijado en una riquilla como tú!.
Celeste no pudo contener el llanto, gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, no podía creer que el hombre al que amaba le hablara así, ¿cómo podía minimizar su esfuerzo? Si él mismo sabía que el arte demanda entrega y sacrificio:
-Ay, que delicada eres, claro, era de esperarse de una chica burguesa como tú, te crees una princesa:
-Leonela, a ninguna mujer le gusta que la traten mal:
-Ya déjate de engreimientos y sírvenos la comida; dijo Vernardo en tono grabe pero Celeste no pudo, al ver la mesa roja del comedor de diario entristeció aún más, esa mesa que Vernardo y ella habían comprado con tanto cariño le trajo dulces recuerdos y el color rojo aquella tarde le pareció tan triste, ¡hó no, no podía soportarlo!, por eso se fue a caminar a la playa hasta que el mar alivie su alma.
A la semana siguiente les dieron los resultados, gracias a Dios Marcelo estaba sano pero Celeste no dejaba de pensar en sus hermanos:
-si pudiera hacer algo, debo trabajar, el dinero se me está agotando, pero nadie quiere un profesor de música en este pueblo, ¿en qué trabajaré? Se preguntaba una y otra vez hasta que se le ocurrió la idea de hacer chocotejas pero amarga fue su sorpresa cuando llegó a la tienda para comprar coco y manjar:
 -señora Celeste, dijo la tendera:
-Me han dicho que la han visto con otro hombre, prosiguió:
Jajaja, si se refiere a Marcelo, si, le estoy enseñando a tocar violín:
-no se haga la inocente, no le estoy hablando del lustrador de zapatos, dicen que usted le es infiel a Vernardo, no le haga eso, es un buen chico, nos conocemos desdehace unos años:
Eso que le han dicho es totalmente falso:
-si el río suena es porque piedras trae, en este pueblo todo se llega a saber:
-¡me está calumniando!:
-sólo digo lo que dice la gente:
-¡¿quién dice semejante cosa?!, ¡qué venga a decirlo cara a cara!, ¡que no sea cobarde!:
-no, no les haga caso; dijo la tendera con miedo al ver lo exaltada que estaba su interlocutora:
-déme un kilo de manjar y un cuarto de coco y si alguien está diciéndole chismes falsos, ¡tráigamelo aquí!:
-si, si; respondió la tendera y le dio el pedido.

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