Capítulo 4
Esa tarde Marcelo vio a Lino el vendedor que llegaba al pueblo con juguetes, le llamaron particularmente la atención unos molinetes de plástico puestos cada uno en un pedazo de alambre:
-¡Qué bonitos, giran con el viento!:
-cuestan un sol; dijo el vendedor y Marcelo sacó de su bolsillo el único sol que había ganado ese día, no importaba si no almorzaba, desde hace mucho tiempo no tenía un juguete y pensó que valía la pena el sacrificio:
-déme el amarillo:
-toma; dijo el vendedor y Marcelo se fue saltando de felicidad a su casa, tenía una sonrisa de oreja a oreja y sus ojitos brillaban con el mismo entusiasmo de aquel día en que vio por primera vez a la violinista y escuchó esa música mágica según él.
Cuando Marcela lo vio llegar con un juguete estalló de cólera:
-¡¿cuánto ganaste hoy?!:
-Un sol:
-¡dámelo!:
-Hoy no comeré, he gastado lo que gané:
-¡Te prohíbo que gastes el dinero en tonterías!; exclamó Marcela y le quitó el molinete:
-¡Dámelo, es mío!; gritó Marcelo:
-¿qué pasa? Preguntó Lucía, una niña de doce años que era hermana de los dos:
-¡Mira en lo que gasta el dinero nuestro hermano!:
-Es la última vez, ¡pero dámelo, es mío!; suplicaba Marcelo:
-Dáselo Marcela, ¿qué te va a hacer un pedazo de plástico y alambre?:
-¡Que aprenda a no desperdiciar el dinero!; gritó mientras estrujaba el juguete:
-¡No, no, es mío!; gritó Marcelo llorando e intentó quitárselo junto con Lucía pero no pudieron y Marcela lo tiró al suelo después de romperlo:
-¡Para que aprendan a no desperdiciar el dinero!:
-¡Eres mala, mala!, ya no llores Marcelo, lo arreglaremos; decía Lucía mientras recogía el molinete del piso:
-Era mío, era mío; decía el niño mientras lloraba desconsoladamente.
El plástico del juguete era blando y ligero, ya no tenía arreglo, lo único que servía era el alambre retorcido que Lucía enderezó nuevamente y no pudo evitar llorar también al ver el sufrimiento de su hermanito:
-¡tengo una idea Marcelo!, te haré otro molinete, consigamos cartón:
-¿De donde?:
-De esta caja:
-No, después no tendrás en donde guardar los hilos y todas esas cosas con las que trabajas:
-No importa:
-Se te van a caer las cosas, no deshagas tu caja:
-De todas maneras ya iba a botarla, quiero otra, esta ya está vieja:
-No quiero ningún molinete, pensándolo bien ese juguete es aburrido:
-Bueno, de todas maneras voy a botar la caja, ¿me acompañas?:
-Si; dijo Marcelo y salieron de la casa para dejar la caja en la vereda junto con toda la basura que recogería al día siguiente el carro basurero:
-Creo que nunca te he regalado algo que yo haya hecho con mis manos, las escarapelas de fiestas patrias, los moños para regalos y todo lo que he cosido lo he vendido siempre, tu estás aprendiendo violín y quien sabe un día te vuelvas famoso y te vayas de aquí, yo me quedaré con las ganas de regalarte algo hecho por mi y no podré:
-¿Yo famoso? No lo creo:
-Quien sabe, la vida da muchas vueltas, apurémonos para botar la caja:
-Mejor no la botes, hazme un molinete:
-Me alegra que sepas apreciar lo que hago con las manos; dijo Lucía y lo abrazó, se sentía feliz por alegrar con un juguete a su hermano.
Cuando el molinete ya estaba listo comenzó a girar con el viento y aunque no era tan bonito como el anterior Marcelo se divirtió mucho con el.
Mientras tanto Celeste vivía su nuevo idilio junto a un destacado músico que publicó en su honor el libro para aprender piano titulado Celeste Bach con lo cual se alegró mucho pues al poner su apellido la estaba considerando su esposa, Joan Sebastian Bach le estaba proponiendo matrimonio pero ella ya estaba casada ante la ley:
-¡Lo había olvidado por completo, soy una mujer casada!, ¿ahora qué haré? Amo a Joann, ¡lo amo!; pensaba cuando comenzó a nevar, era el año 1720 y el frío era insoportable, ambos se abrazaron para darse calor mientras temblaban, de pronto Celeste despertó, estaba abrazada a su violín tiritando de frío en la playa y los últimos rayos de sol alumbraban tímidamente.
Se sintió confundida por algunos instantes:
-Yo amo a Bach, ¡lo amo!; pensó y enseguida volvió a la realidad, al año 2010 y al pueblo costeño en donde vivía, fue agridulce despertar, se sintió tranquila al saber que nunca le había sido infiel a Vernardo pero también se dio cuenta de que hace varios meses que no era amada, entonces como dando manotazos de ahogado decidió reconquistarlo, el amor que sintió por Bach en su sueño era en realidad el amor que sentía por Vernardo, bajó de las rocas y durante el trayecto asia su casa pensaba:
-Nada es perfecto, el amor no es perfecto, tal vez Bach no amó tan profundamente, ya que al año de la muerte de su primera esposa se casó con Ana Magdalena, escribió el libro Ana Magdalena Bach para ella pero a cambio tal vez de que cuide a sus veinte hijos, siete de su primera esposa y trece de ella, ¡pobre cuerpo!, debe haber tenido una bejés difícil después de trece embarazos, pobre mujer, en esa época no habían anticonceptivos, sin duda hoy en día las mujeres vivimos mejor o por lo menos tenemos la alternativa de elegir.
Hablaré con Vernardo y arreglaremos nuestras diferencias, luego me pondré el vestido que usé cuando esculpió mi imagen y tocaré para él, le daré un chocolate en forma de corazón con letras que digan te amo, quiero desenterrar su corazón, sacarlo de las espinas en donde está, esas espinas hechas de palabras que Leonela ha ido sembrando, tal vez ella también se apacigüe al vernos más unidos que nunca, quizás si le hablo de mujer a mujer, de corazón a corazón me entienda:
-¡¿En dónde has estado?! gritó Vernardo cuando vio llegar a Celeste:
En la playa, pero no me grites:
-Acaba de anochecer, ¡¿esperas que te crea?!:
-Me quedé dormida en las rocas:
-¡Será en la cama de tu amante!, ¡mejor dime la verdad!:
-¡Me estás ofendiendo!:
-todo el pueblo sabe que tienes un amante:
-¡Estoy dispuesta a enfrentarme a todos cara a cara!, no tengo ningún amante, vamos, ¡¿quién está diciendo eso de mí?!:
-Se lo escuché a José el panadero, lo comentó en la tienda:
-¿qué tiene que ver el panadero en esto? casi no lo conozco además vive en otro pueblo:
-Para que veas cuan lejos a llegado tu fama de infiel, ¡eres una cualquiera!:
-Ya sospechaba yo que podías serle infiel a mi hermano, sales tanto:
-¡Tú no te metas Leonela!, ¡vamos, vamos, quiero aclarar esto de una vez por todas!, ¡me están calumniando!:
-cuando lo encuentre lo golpearé, ¡lo golpearé!, después de que el escultor gritó los tres fueron a la tienda, Celeste estaba asustada por la reacción de Vernardo y rogaba a Dios para que esa noche nadie resultara herido:
-¡¿quién es el amante de mi esposa, quién?! gritó en la tienda delante de los clientes que enmudecieron al ver lo que pasaba:
-por favor, baja la voz; dijo Celeste avergonzada:
-¡¿quién es el amante de mi esposa?!, ¡hablen de una vez, hablen, no sean cobardes!, decía mientras golpeaba el mostrador, un niño de dos años se abrazó a las piernas de su madre y comenzó a llorar a gritos, se asustó tanto que tuvieron que irse de la tienda:
-¡Señora Chela, usted sabe!:
-No se nada, no se nada:
-Nos está haciendo mucho daño, ¿quién le ha dicho que tengo un amante?:
-Lo comenta la gente, por favor cálmese Vernardo, podemos aclarar esto de una manera pacífica, usted es un buen hombre:
-Esta duda me desespera:
-Lo comprendo Vernardo pero las cosas se aclaran con tranquilidad:
-¿quién ha dicho que tengo un amante? Eso es totalmente falso:
-Queremos pruebas, no es justo que mi hermano esté sufriendo así:
-Dicen que el amante de la señora Celeste se llama Marcelino; dijo una mujer como de ochenta años:
-No es Marcelino, se llama Marcelo y es un niño de siete años al que le enseño violín:
-Doña Blanca, no se sabe cual es su nombre pero es un vendedor; dijo José el panadero que había ido a dejar un pedido:
-No tengo ningún amigo vendedor en este pueblo, ni si quiera un amigo, habré hablado sólo en dos ocasiones con un vendedor que vino de pasada:
-Claro, don Avelino, la gente dice que usted salió del pueblo con él, dijo don Dimas:
-No recuerdo a ningún Avelino:
-Vaya, yo pensé que se llamaba Marcelino, sólo le dicen Lino; dijo Cati:
-ha, ya recuerdo algo, él sólo me indicó el camino al pueblo en donde venden cobertura de chocolate:
-Ese día que saliste del pueblo don Avelino me trajo arcilla:
-Todo ha sido un invento, ¿te das cuenta? Dijo Celeste:
Nunca lo he visto con mi esposa salvo esa vez, no son amantes:
-Entonces ¿por qué se corrió el rumor de que tengo un amante?:
-Casilda dijo que la esposa del escultor tenía un amante; dijo doña Chela:
-¿Por qué dijiste eso Casilda?:
-Porque tu hermana me dijo que pensaba que Celeste tenía un amante, por eso descuidaba la casa y a su marido, no tenía el desayuno a la hora y era mala anfitriona, desordenada, desacomedida, haciéndote hacer todo lo de la casa a ti y a ella, en otras palabras te tiene pisado y para colmo de males no quiere darte un hijo.
Al oír todo eso Celeste y Vernardo se molestaron con Leonela, él por divulgar su vida privada y ella por hacerle mala fama, pero la más triste era Celeste porque su esposo desconfió de ella al punto de insultarla y avergonzarla delante de todos y para colmo de males no la defendió ante su hermana, al contrario, cuando le dijo a Leonela que no debió hablar mal de ella delante de Casilda Vernardo le respondió que eso le pasaba por salir tanto y seguir con sus sueños tontos, Celeste desconocía a Vernardo, hasta su rostro cambió en esos meses, su mirada tierna se había convertido en una mirada iracunda, dominante y fruncía constantemente el seño tanto que a sus treinta años comenzó a tener leves arrugas, casi imperceptibles pero que comenzaron a delatarlo, Catita y doña Chela se dieron cuenta de su verdadera forma de ser por más que él intentara ocultarla.
A pesar de todo lo que había pasado Celeste seguía intentando reconquistar a Vernardo y a la mañana siguiente le llevó una bandeja con su comida favorita a la habitación en donde trabajaba:
-Gracias; dijo él y se quedó mirándola.
Aquella joven mujer no parecía llevar una bandeja en sus manos, se veía tan delicada, tan triunfal que más parecía llevar un trofeo, un galardón y sus ojos azules de mirada profunda, como si vislumbraran nuevos horizontes, con el brillo centellante de la inteligencia, esa mirada propia de una mente culta que lo conquistó ahora le daba miedo y lo enfadaba porque sentía que intentaba tener algo que no poseía.
Las cosas nunca serían como antes, el encanto del enamoramiento ya pasó y según Vernardo Celeste debería olvidarse de la música , vender chocotejas de vez en cuando y dedicarse a la casa pero eso nunca pasaría porque ella no iba a dejar de tocar el violín, era algo que no podía evitar y si lo hacía se sentiría como una flor sin rocío que lentamente se marchita, tan poco iba a dejar sus proyectos, mucho menos ahora que había visto cara a cara a la miseria, al dolor ajeno, ¡no, ella debía hacer algo, si Mosar con tantas deudas y Chuber con una vida precaria fueron grandes, músicos destacados, tal vez Marcelo también lo lograría y si decidiera no ser músico en el futuro la disciplina de haber aprendido a tocar le serviría para lograr las distintas metas que se trace en la vida :
-¡Qué niño tan virtuoso!, parece que sus manos fueron hechas para el violín, la elasticidad de sus dedos, la agudeza de su oído, al parecer Marcelo tiene oído absoluto, no sólo sus manos fueron hechas para tocar, todo él fue hecho para el violín, nunca he visto a nadie así, ¡no puedo dejar mi proyecto a la mitad!, en tan poco tiempo y sin contar con un violín propio ha aprendido bastante; pensaba Celeste y le encargó a su mejor amigo que le envíe un violín económico para su alumno, con el tiempo le compraría uno de mayor calidad.
Mientras tanto en casa de don Dimas el canto de dos palomas se dejaba sentir en la jardinera del segundo piso:
--¿por qué hacen tanta bulla esas palomas?:
-se están apareando, don Dimas:
-¡qué irrespetuosa eres al hablar Cati!:
-es la verdad y no tiene nada de malo, así es la naturaleza:
-eso no significa que debas hablar de una manera descarada; dijo don Dimas y cuando se acercó para serrar la cortina Cati lo detuvo:
-¡no sierre la cortina!, espantará a las palomas:
-¡que se vayan a hacer sus cochinadas a otra parte!:
-no son cochinadas, gracias a eso no se extinguen los animales, no se extingue la humanidad, no venga aquí con tanta cucufatería porque usted también ha engendrado hijos:
-¡es el colmo de la insolencia, del descaro!:
-sepa usted que engendrar a un hijo es algo sagrado, ¡sagrado!:
-¡botaré a esas palomas de una vez por todas!:
-¡no!; dijo Cati y se opuso con tal vehemencia que don Dimas no pudo hacer nada, nunca la había visto tan firme:
-¡eres una descarada!:
¡Usted es el mal pensado!, no ve las cosas de una manera limpia y pura, todo lo considera malo:
-¡no soporto tu descaro!, me has faltado el respeto!:
-¡no me interesa lo que piense, engendrar a un hijo para mí es algo sagrado!:
-¡calla, calla, irrespetuosa!; exclamó don Dimas y Cati enfureció como nunca antes, ella misma se desconocía pues siempre había sabido barajar ese tipo de situaciones con paciencia y buen humor pero esa mañana se enojó tanto que vomitó y cayó desmayada al suelo.
Don Dimas sintió que se le venía el mundo abajo, pues estaban solos en la casa, su esposa se había ido unos días con sus hijas y su hijo el esposo de Cati estaba en otro pueblo.
Sin saber que hacer don Dimas salió de la casa y pidió ayuda a Celeste que iba camino a su casa pues fue la primera persona que vio en el pueblo:
-¡Catita, mi nuera!:
-¿qué pasa don Dimas?:
-¡no pensé que esto pasaría!, ¡mi nuera, mi nuera!; exclamó don Dimas tan asustado que alarmó a la violinista, se veía pálido y agitado:
-¿qué ocurre? Dígame para poder ayudarlo:
-mi nuera está desmayada:
-vamos a su casa, hay que hacer que aspire alcohol y luego llevarla a la posta, pero cálmese para que pueda ayudarla; dijo la joven tratando de estar tranquila.
Cuando llegaron a casa de don Dimas Celeste se impresionó al ver a Cati sobre la alfombra de la sala de estar, estaba pálida y sudaba mucho, enseguida le hizo oler el alcohol que le dio don Dimas y poco a poco despertó:
-¿porqué se desmayó? Preguntó Celeste extrañada pues no la había visto enferma en los días anteriores:
-no se, dijo él pero en el fondo se sentía culpable, cuando Cati terminó de despertar no sabía lo que estaba pasando:
-¿cómo te sientes? Preguntó Celeste:
-¿Celeste? ¿Qué haces aquí?:
-te desmayaste, vamos a la posta; respondió ella, después ambos la ayudaron a bajar las gradas y la llevaron a la posta en un mototaxi.
Las enfermeras la examinaron:
-¿tomó alguna pastilla? Señora; preguntó el médico:
-no, sólo renegué mucho; dijo ella y enseguida le sacaron sangre para hacerle análisis:
-tiene que estar en reposo todo el día, no debe hacer nada:
-ya oíste al médico, cuando llegues a la casa será mejor que te acuestes; dijo don Dimas:
-¡este viejo antipático!; pensó y lo miró de cólera por lo cual se salió de la posta un rato:
-que bueno que me dejó en paz, ya me tiene arta, si te contara Celeste:
-si te hace bien hablar te escucho:
-mi suegro es demasiado cucufato, no hay cosa buena para él:
-disculpen la interrupción; dijo el médico, señora Cati, venga dentro de tres días a recoger el resultado de los análisis; prosiguió:
-si, doctor dijo Cati y reanudó su conversación con Celeste.
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