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domingo, 16 de diciembre de 2012

sinfonía en el mar capítulo cinco


Capítulo 5

-vamos Lucía, acompáñame:
-ya es tarde, estamos en junio, mejor espera al próximo año para entrar a la escuela; dijo la niña mientras terminaba de hacerse las trenzas:
-la señorita Celeste dice que nunca es tarde para empezar, vamos antes de que venga Marcela y se enoje por que perdemos el tiempo:
-Ella tiene razón, este año debemos trabajar duro para tener una vida mejor:
-¿Sabías que el rojo te queda bien? Elegiste un bonito vestido:
-gracias, pero yo no lo elegí, era de Marcela, ya no le quedaba y me lo dio:
-Estoy seguro de que a ella no le quedaba tan bonito como a ti, además tiene cara de bruja, es mala, tú eres buena, acompáñame a la escuela por favor, hermanita linda:
-Nuestra hermana no es mala, lo que pasa es que somos siete y el dinero no alcanza, ¿crees que no le duele que David con sólo cuatro años tenga que trabajar? Ella tiene que arreglárselas y nosotros tenemos que ayudar:
-si no entro a la escuela no podré entrar al conservatorio, no seré famoso y no podré comprarles una casa ni darles comida, la suficiente comida como para que no se queden de hambre, imagínate, ¡que lindo sería!:
-Marcelo; dijo conmovida, casi llorando y le acarició la cabeza, en el alma de aquel niño no había amargura a pesar de todos los problemas que tenían, en sus ojos estaba dibujada la esperanza:
-¿cómo truncar sus sueños!, no tengo corazón para hacer eso, ¡trabajaré el doble, no importa! Pero quiero que mi hermanito vaya a la escuela; pensó Lucía mientras una lágrima se asomaba a su rostro:
-¿Porqué lloras? No quise entristecerte:
-No estoy triste, estoy emocionada, vamos, te llevaré a la escuela pero no le digas nada a Marcela, mientras estés estudiando le diré que estás en el pueblo más cercano trabajando, prométeme que no le dirás nada de la escuela:
-Te lo prometo; dijo el niño y fueron a la escuela del pueblo que era pequeña y había una sola maestra para los tres primeros grados, otra para cuarto quinto y sexto y otras dos para secundaria.
Salió a recibirlos el director de la escuela y al ver a Lucía la reconoció:
-A la hora que se le ocurre regresar a la escuela, esta niña siempre fue floja y desaliñada; pensó:
-Dime hija:
-Buenos días señor director, vengo a matricular a mi hermano:
-Eso deben hacerlo los padres:
-trabajan en otro sitio, no viven aquí:
-entonces que venga un apoderado:
-no hay problema, vendremos con el apoderado mañana, lo que queremos es que mi hermano entre a las clases:
-Le correspondería el primer grado, ya tendría que saber leer y escribir a esta altura del año:
-Por favor señor director:
-Yo se escribir; dijo Marcelo interrumpiendo a su hermana y el director le alcanzó una hoja rayada.
El niño se extrañó porque habían barias líneas seguidas hací que tachó la sexta línea y escribió una blanca:
-ha, veo que sabes escribir la de; dijo el director:
-se me olvidaba; dijo Marcelo y escribió la clave de sol:
-esta nota es fa blanca, profesor, dícteme las canciones que usted quiera:
-¡guao, sabes escribir las notas en pentagrama!, eres un genio hermanito:
-Aquí no enseñamos ese tipo de escritura, esos garabatos no nos sirven de nada en la escuela:
-Quiero aprender ese tipo de escritura que enseñan aquí:
-niño, ni siquiera conoces las letras, ven al próximo año, no podrás entrar ahora:
-Por favor, señor director:
-No, no Lucía, ahora si me disculpan tengo mucho que hacer; dijo el director y los niños salieron de la escuela, Marcelo estaba triste:
-No le hagas caso al director, te dijo eso porque no sabe leer música y no le gusta que alguien sepa algo que él no sabe pero tú vas a estudiar en la escuela; decía Lucía mientras lo abrazaba.
En la posta Celeste escuchaba perpleja lo que Cati le contaba:
-ya no soporto a mi suegro, fíjate que mi esposo y yo tenemos que tener mucho cuidado al momento de tener intimidad por miedo a que se de cuenta don Dimas:
-¿su habitación está cerca de la de él?:
-no pero mi esposo vive sicosiado, un día su padre le dijo que sólo podía tener relaciones sexuales para procrear, el resto de veces eran pecaminosas, ¡imagínate!:
-no le hagas caso, parece que está algo senil, sólo síguele la corriente:
-ya me cansé de seguirle la corriente, ¡cada día está peor!, hasta nos ha sugerido que hagamos votos de castidad y nos dediquemos a servir al prójimo, después de todo valdría la pena el sacrificio de no tener hijos, según él este mundo corrompido ya no es un lugar para los niños, ¡que exagerado! No quiero ni pensar como se pondrá después:
-no te angusties, debe haber una solución; dijo Celeste cuando vio llegar al suegro de Cati:
-¿cómo está mi nuera?:
-bastante mejor pero dice el médico que no debe tener disgustos y que de preferencia estos días no le hablen mucho:
-así lo haré y gracias por su ayuda señora Celeste:
-ya pueden irse; dijo el médico:
-acompáñame a la casa por favor Celeste; dijo Cati y los tres salieron de la posta.
Cuando Cati se acostó don Dimas le agradeció una vez más y ambos le pidieron que los visite cuando quiera.
-¡¿en donde estabas?! preguntó:
-Cati se desmayó y tuve que acompañarla a la posta:
-siempre tienes excusas para salir:
-¡no puedo creer que seas tan indolente!:
-ya estoy cansado de que tengas que salir tanto:
-pues cánsate más; dijo ella y salió de la casa con destino a la playa, esa mañana no estaba dispuesta a escuchar los reclamos de Vernardo:
-¡que indolente, ni siquiera me preguntó sobre la salud de Cati! Pensó cuando de pronto vio un grupo de gente exaltada frente a la tienda:
-¡apaguen el fuego!; gritaban mientras intentaban apagar las llamas que crecían en la vereda:
-¡¿quién rayos comenzó con esto?!:
-fue uno de los Aguirre, ¡esos son una tira de vagos!, ¡deberían irse de aquí!:
-¡agárrenlo, él es!; dijo Felipe y tres de los presentes cogieron a un niño de once años:
-¡ho, no, es Rodrigo, el hermano mayor de Marcelo!; pensó Celeste y entre los cuatro comenzaron a gritarlo y samaquearlo::
-¡alto, alto!; gritó Celeste pero nadie le hizo caso y se llevaron al niño a la comisaría, Celeste no pudo hacer otra cosa que avisarle a Marcela quien salió disparada a la calle y cuando vio a Lucía la empujó asia la casa:
-¡¿qué pasa?! preguntó la niña sorprendida. Marcelo se escondió asustado detrás de la violinista que dijo:
-cálmate, ellos no tuvieron nada que ver:
-¡se está incendiando la tienda!, ¡por culpa de Rodrigo!, ¡no quiero que también ustedes hagan más problemas!:
-¡Cálmate, Marcela!, sólo es la vereda, ustedes niños, entren a su casa para que su hermana esté mas tranquila.
Ni bien Celeste terminó de hablar los niños entraron a la casa asustados, luego Marcela y ella fueron al regadío más cercano y sacaron agua con lodo para ayudar a mitigar el fuego que después de unos minutos se apagó con la ayuda de los presentes, en total diez entre los que estaba don Dimas quien prestó la manguera y se quedó gratamente impresionado por lo diligente y acomedida que era Celeste:
-¡ella hubiera sido mi nuera!, es una mujer cabal, no como la terrible de mi nuera la limeña, pensaba don Dimas sin saber que Celeste también había nacido en esa siudad, cuna de la perdición según el.
Era increíble la diferencia entre Marcelo y Rodrigo, mientras el más pequeño pensaba en estudiar el más grande sólo pensaba en andar de vago y esa mañana hacer una fogata con sus amigos para divertirse le costó muy caro porque lo tuvieron detenido en la comisaría toda la noche y sus amigos ni se aparecieron.
 Ese día Celeste lo pasó en la playa, fue un día muy agitado y no estaba dispuesta a tener más problemas, incluso pensó en comprarse un bote y una red para poder quedarse allí largas horas, si fuese necesario también alguna que otra noche, sólo quería paz pero las cosas se estaban saliendo de control.

*
Era de noche y Celeste tocaba violín junto a los de la orquesta, al fin estaba haciendo lo que tanto amaba pero se sintió extrañada porque era la única mujer entre los que tocaban.
Estaban poniendo en escena la ópera orontea de Marco Antonio Cesti:
--hay candilejas en el proscenio del teatro, al parecer aquí todavía se hacen algunas cosas como en el siglo diecisiete; pensaba y cuando vio a la soprano que representaba a la reina egipcia Orontea notó algo extraño en su fisonomía:
-¡qué ahombrada se le ve a esa cantante!, pensó sin dejar de mirarla mientras tocaba.
Hace ya nueve años que bernardo y ella dejaron el Perú para vivir en Innsbruck pero esa noche fue extraña, en la orquesta había un clavicémbalo en lugar del piano y las notas no estaban afinadas en cuatro cuarenta, Celeste tuvo que afinar el violín con el resto de los instrumentos de la orquesta para que no discordara, pues ya no hubo tiempo de decirles a los músicos que esa no era la afinación correcta.
Alidoro se enamora de la reina egipcia y es correspondido, Silandra le confiesa su amor a Alidoro y a Corindo:
-Por lo menos para representar a la coqueta de Silandra han debido poner una cantante más femenina, ¡debe ser muy difícil para ellas conseguir novio!; pensaba Celeste.
En el segundo acto Orontea confiesa su amor asia alidoro, aquella cantante era virtuosa en la ejecución de sus áreas pero algo le faltaba, quizás la feminidad ausente en ella la hacía ver demasiado fingida en las escenas románticas.
Orontea loca de celos descubre a Alidoro pintando un retrato de Silandra, él no pudo soportar los celos de la reina y cae desmayado, es cuando Orontea canta el área intorno al idol mío, se arrepiente y deja a su costado una corona y una carta en la que le dice que puede ser su marido y el rey de Egipto:
-¡cuantas veces por tus celos Vernardo! Mi alma se desmayó en el llanto y se volvieron amargas las horas por haberte amado tanto.
Aunque te ame con locura nunca podrás arrancar ese amor que tanto te lacera el alma, ¡hay, si el violín fuera hombre!, te cambiaría por él; pensaba Celeste mientras tocaba.
Se descubre que Alidoro era en realidad el hijo perdido del rey fenicio y se casa con Orontea quien con su poder de reina une en matrimonio a Corindo y Silandra.
Cuando terminó la ópera Celeste fue llevada a su casa a la fuerza por Vernardo quien después de reclamarle por haber tocado en la orquesta la abandonó junto con su hija de nueve años, Nicoleta.
Fue grande el espanto de la violinista cuando vio a su ex esposo un mes después convertido en bernardo 11, el papa, ahora con poder, tanto que el cuatro de mayo escribió el edicto en que se prohibía que a la mujer se le enseñe canto y música.
Celeste ahora entendía el por que de la ausencia del piano en la orquesta y el clave aún no bien temperado, osea no afinado en cuatro cuarenta como en el dos mil diez, era el año mil seiscientos cincuenta y seis, la época en la que vivió Marco Antonio Sesti y los castratis hacían papeles femeninos en las óperas, muchos niños eran castrados para que se les conserve la voz aguda y puedan cantar como sopranos y contraltos, osea con voces de mujeres.
Alguien tocó con desesperación la puerta de la casa de Celeste:
-¡ayúdenme!; gritó una mujer joven y Celeste la hizo pasar, tenía a un niño de la mano como de la edad de Nicoleta:
-¡le pido que oculte a mi niño!, quieren castrarlo para que entre a la escuela de canto para castratis:
-¡hó!, ¿qué dice su marido?:
-él está deacuerdo y ha enviado a gente para que encuentren a mi niño.
En eso tocaron la puerta y la mujer escondió al niño pero derribaron la puerta antes de que ella pueda esconderse, eran cuatro hombres fornidos que en tono severo le preguntaron a la madre:
-¡¿en dónde está el niño?! a lo cual la madre no dijo nada y se escuchó desde la otra habitación que Nicoleta cantaba el área intorno al idol mío con gran afinación para su edad:
-¡nos llevaremos al niño!; dijo uno de los hombres:
-no, esperen, vengan después, se está recuperando de la castración, vengan dentro de unos días; dijo Celeste:
-¡vendremos mañana!; dijeron los hombres en tono duro y amenazante, luego se fueron:
-¡hó, Dios mío!, ¡ellos vendrán mañana a primera hora, no podremos escapar!:
-debe haber algún modo:
-no, estamos rodeados por espías, si me ven huir con mi niño, ¡lo castrarán!
-Nicoleta que escuchó todo entró a la habitación y valientemente dijo:
-Madre, córtame el cabello y vísteme de hombre, yo iré en lugar de ese niño, él que se quede en el mío:
-¡no, no, mi niña no!, ¡es lo único que tengo!; exclamó Celeste llorando:
-¡se lo ruego, se lo imploro!; clamaban madre e hijo:
-déjame ir, no te preocupes, sabré como hacer para que no me descubran, además quiero aprender a cantar, nadie podrá impedírmelo, ni siquiera el papa.
Celeste sabía que las palabras de su hija eran determinantes y que al igual que ella no abandonaría sus sueños aunque le cueste la dicha así que cortó su blonda cabellera negra y le dio la ropa del niño para que se la pusiera:
-cuídate mucho mi niña y si es necesario huir, huye; dijo Celeste y despertó de su pesadilla con el rostro empapado de llanto.
Menos mal todo había sido una pesadilla, Vernardo no ocupó nunca el lugar de Inocencio 11, el papa que dio el edicto de mil seiscientos cincuenta y seis y su hija no se iría lejos de ella como heroína, de hecho Celeste aún no tenía hijos y esa mañana salió como siempre a enseñarle violín a Marcelo.

Fueron  tan buenas las referencias que dio don Dimas al día siguiente de Celeste que Vernardo se sintió complacido al punto de esculpir a una dama levantando a otra en honor a la solidaridad de su esposa quien al ver aquellas estatuillas quedó complacida, por un momento parecía que las cosas volverían a ser como antes entre la pareja pero eso a Leonela le disgustó:
-¿harás una escultura para mí?:
-si claro; respondió Vernardo y sin pensarlo dos veces le hizo un loro, su animal favorito mas Leonela recibió el regalo de mala gana porque esperaba que su hermano hiciera una escultura en honor a ella, algo que la exalte:
-¡Un loro, un simple loro! Y a ella le hizo una escultura que exalta sus buenas acciones, ¡como si fuese una mujer abnegada!, que suerte tienen algunas que sólo levantan un dedo y tienen a un hombre a sus pies y las verdaderas mártires nos quedamos sin nada, ¡claro, seguro me hizo un loro para decirme que hablo demasiado!; pensaba Leonela con rabia sin saber que su hermano ni siquiera había meditado en la escultura que le había hecho, solamente recordó que cuando niña le pidió que le dibuje un loro y él la complació.

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