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domingo, 16 de diciembre de 2012

sinfonía en el mar capítulo cinco


Capítulo 5

-vamos Lucía, acompáñame:
-ya es tarde, estamos en junio, mejor espera al próximo año para entrar a la escuela; dijo la niña mientras terminaba de hacerse las trenzas:
-la señorita Celeste dice que nunca es tarde para empezar, vamos antes de que venga Marcela y se enoje por que perdemos el tiempo:
-Ella tiene razón, este año debemos trabajar duro para tener una vida mejor:
-¿Sabías que el rojo te queda bien? Elegiste un bonito vestido:
-gracias, pero yo no lo elegí, era de Marcela, ya no le quedaba y me lo dio:
-Estoy seguro de que a ella no le quedaba tan bonito como a ti, además tiene cara de bruja, es mala, tú eres buena, acompáñame a la escuela por favor, hermanita linda:
-Nuestra hermana no es mala, lo que pasa es que somos siete y el dinero no alcanza, ¿crees que no le duele que David con sólo cuatro años tenga que trabajar? Ella tiene que arreglárselas y nosotros tenemos que ayudar:
-si no entro a la escuela no podré entrar al conservatorio, no seré famoso y no podré comprarles una casa ni darles comida, la suficiente comida como para que no se queden de hambre, imagínate, ¡que lindo sería!:
-Marcelo; dijo conmovida, casi llorando y le acarició la cabeza, en el alma de aquel niño no había amargura a pesar de todos los problemas que tenían, en sus ojos estaba dibujada la esperanza:
-¿cómo truncar sus sueños!, no tengo corazón para hacer eso, ¡trabajaré el doble, no importa! Pero quiero que mi hermanito vaya a la escuela; pensó Lucía mientras una lágrima se asomaba a su rostro:
-¿Porqué lloras? No quise entristecerte:
-No estoy triste, estoy emocionada, vamos, te llevaré a la escuela pero no le digas nada a Marcela, mientras estés estudiando le diré que estás en el pueblo más cercano trabajando, prométeme que no le dirás nada de la escuela:
-Te lo prometo; dijo el niño y fueron a la escuela del pueblo que era pequeña y había una sola maestra para los tres primeros grados, otra para cuarto quinto y sexto y otras dos para secundaria.
Salió a recibirlos el director de la escuela y al ver a Lucía la reconoció:
-A la hora que se le ocurre regresar a la escuela, esta niña siempre fue floja y desaliñada; pensó:
-Dime hija:
-Buenos días señor director, vengo a matricular a mi hermano:
-Eso deben hacerlo los padres:
-trabajan en otro sitio, no viven aquí:
-entonces que venga un apoderado:
-no hay problema, vendremos con el apoderado mañana, lo que queremos es que mi hermano entre a las clases:
-Le correspondería el primer grado, ya tendría que saber leer y escribir a esta altura del año:
-Por favor señor director:
-Yo se escribir; dijo Marcelo interrumpiendo a su hermana y el director le alcanzó una hoja rayada.
El niño se extrañó porque habían barias líneas seguidas hací que tachó la sexta línea y escribió una blanca:
-ha, veo que sabes escribir la de; dijo el director:
-se me olvidaba; dijo Marcelo y escribió la clave de sol:
-esta nota es fa blanca, profesor, dícteme las canciones que usted quiera:
-¡guao, sabes escribir las notas en pentagrama!, eres un genio hermanito:
-Aquí no enseñamos ese tipo de escritura, esos garabatos no nos sirven de nada en la escuela:
-Quiero aprender ese tipo de escritura que enseñan aquí:
-niño, ni siquiera conoces las letras, ven al próximo año, no podrás entrar ahora:
-Por favor, señor director:
-No, no Lucía, ahora si me disculpan tengo mucho que hacer; dijo el director y los niños salieron de la escuela, Marcelo estaba triste:
-No le hagas caso al director, te dijo eso porque no sabe leer música y no le gusta que alguien sepa algo que él no sabe pero tú vas a estudiar en la escuela; decía Lucía mientras lo abrazaba.
En la posta Celeste escuchaba perpleja lo que Cati le contaba:
-ya no soporto a mi suegro, fíjate que mi esposo y yo tenemos que tener mucho cuidado al momento de tener intimidad por miedo a que se de cuenta don Dimas:
-¿su habitación está cerca de la de él?:
-no pero mi esposo vive sicosiado, un día su padre le dijo que sólo podía tener relaciones sexuales para procrear, el resto de veces eran pecaminosas, ¡imagínate!:
-no le hagas caso, parece que está algo senil, sólo síguele la corriente:
-ya me cansé de seguirle la corriente, ¡cada día está peor!, hasta nos ha sugerido que hagamos votos de castidad y nos dediquemos a servir al prójimo, después de todo valdría la pena el sacrificio de no tener hijos, según él este mundo corrompido ya no es un lugar para los niños, ¡que exagerado! No quiero ni pensar como se pondrá después:
-no te angusties, debe haber una solución; dijo Celeste cuando vio llegar al suegro de Cati:
-¿cómo está mi nuera?:
-bastante mejor pero dice el médico que no debe tener disgustos y que de preferencia estos días no le hablen mucho:
-así lo haré y gracias por su ayuda señora Celeste:
-ya pueden irse; dijo el médico:
-acompáñame a la casa por favor Celeste; dijo Cati y los tres salieron de la posta.
Cuando Cati se acostó don Dimas le agradeció una vez más y ambos le pidieron que los visite cuando quiera.
-¡¿en donde estabas?! preguntó:
-Cati se desmayó y tuve que acompañarla a la posta:
-siempre tienes excusas para salir:
-¡no puedo creer que seas tan indolente!:
-ya estoy cansado de que tengas que salir tanto:
-pues cánsate más; dijo ella y salió de la casa con destino a la playa, esa mañana no estaba dispuesta a escuchar los reclamos de Vernardo:
-¡que indolente, ni siquiera me preguntó sobre la salud de Cati! Pensó cuando de pronto vio un grupo de gente exaltada frente a la tienda:
-¡apaguen el fuego!; gritaban mientras intentaban apagar las llamas que crecían en la vereda:
-¡¿quién rayos comenzó con esto?!:
-fue uno de los Aguirre, ¡esos son una tira de vagos!, ¡deberían irse de aquí!:
-¡agárrenlo, él es!; dijo Felipe y tres de los presentes cogieron a un niño de once años:
-¡ho, no, es Rodrigo, el hermano mayor de Marcelo!; pensó Celeste y entre los cuatro comenzaron a gritarlo y samaquearlo::
-¡alto, alto!; gritó Celeste pero nadie le hizo caso y se llevaron al niño a la comisaría, Celeste no pudo hacer otra cosa que avisarle a Marcela quien salió disparada a la calle y cuando vio a Lucía la empujó asia la casa:
-¡¿qué pasa?! preguntó la niña sorprendida. Marcelo se escondió asustado detrás de la violinista que dijo:
-cálmate, ellos no tuvieron nada que ver:
-¡se está incendiando la tienda!, ¡por culpa de Rodrigo!, ¡no quiero que también ustedes hagan más problemas!:
-¡Cálmate, Marcela!, sólo es la vereda, ustedes niños, entren a su casa para que su hermana esté mas tranquila.
Ni bien Celeste terminó de hablar los niños entraron a la casa asustados, luego Marcela y ella fueron al regadío más cercano y sacaron agua con lodo para ayudar a mitigar el fuego que después de unos minutos se apagó con la ayuda de los presentes, en total diez entre los que estaba don Dimas quien prestó la manguera y se quedó gratamente impresionado por lo diligente y acomedida que era Celeste:
-¡ella hubiera sido mi nuera!, es una mujer cabal, no como la terrible de mi nuera la limeña, pensaba don Dimas sin saber que Celeste también había nacido en esa siudad, cuna de la perdición según el.
Era increíble la diferencia entre Marcelo y Rodrigo, mientras el más pequeño pensaba en estudiar el más grande sólo pensaba en andar de vago y esa mañana hacer una fogata con sus amigos para divertirse le costó muy caro porque lo tuvieron detenido en la comisaría toda la noche y sus amigos ni se aparecieron.
 Ese día Celeste lo pasó en la playa, fue un día muy agitado y no estaba dispuesta a tener más problemas, incluso pensó en comprarse un bote y una red para poder quedarse allí largas horas, si fuese necesario también alguna que otra noche, sólo quería paz pero las cosas se estaban saliendo de control.

*
Era de noche y Celeste tocaba violín junto a los de la orquesta, al fin estaba haciendo lo que tanto amaba pero se sintió extrañada porque era la única mujer entre los que tocaban.
Estaban poniendo en escena la ópera orontea de Marco Antonio Cesti:
--hay candilejas en el proscenio del teatro, al parecer aquí todavía se hacen algunas cosas como en el siglo diecisiete; pensaba y cuando vio a la soprano que representaba a la reina egipcia Orontea notó algo extraño en su fisonomía:
-¡qué ahombrada se le ve a esa cantante!, pensó sin dejar de mirarla mientras tocaba.
Hace ya nueve años que bernardo y ella dejaron el Perú para vivir en Innsbruck pero esa noche fue extraña, en la orquesta había un clavicémbalo en lugar del piano y las notas no estaban afinadas en cuatro cuarenta, Celeste tuvo que afinar el violín con el resto de los instrumentos de la orquesta para que no discordara, pues ya no hubo tiempo de decirles a los músicos que esa no era la afinación correcta.
Alidoro se enamora de la reina egipcia y es correspondido, Silandra le confiesa su amor a Alidoro y a Corindo:
-Por lo menos para representar a la coqueta de Silandra han debido poner una cantante más femenina, ¡debe ser muy difícil para ellas conseguir novio!; pensaba Celeste.
En el segundo acto Orontea confiesa su amor asia alidoro, aquella cantante era virtuosa en la ejecución de sus áreas pero algo le faltaba, quizás la feminidad ausente en ella la hacía ver demasiado fingida en las escenas románticas.
Orontea loca de celos descubre a Alidoro pintando un retrato de Silandra, él no pudo soportar los celos de la reina y cae desmayado, es cuando Orontea canta el área intorno al idol mío, se arrepiente y deja a su costado una corona y una carta en la que le dice que puede ser su marido y el rey de Egipto:
-¡cuantas veces por tus celos Vernardo! Mi alma se desmayó en el llanto y se volvieron amargas las horas por haberte amado tanto.
Aunque te ame con locura nunca podrás arrancar ese amor que tanto te lacera el alma, ¡hay, si el violín fuera hombre!, te cambiaría por él; pensaba Celeste mientras tocaba.
Se descubre que Alidoro era en realidad el hijo perdido del rey fenicio y se casa con Orontea quien con su poder de reina une en matrimonio a Corindo y Silandra.
Cuando terminó la ópera Celeste fue llevada a su casa a la fuerza por Vernardo quien después de reclamarle por haber tocado en la orquesta la abandonó junto con su hija de nueve años, Nicoleta.
Fue grande el espanto de la violinista cuando vio a su ex esposo un mes después convertido en bernardo 11, el papa, ahora con poder, tanto que el cuatro de mayo escribió el edicto en que se prohibía que a la mujer se le enseñe canto y música.
Celeste ahora entendía el por que de la ausencia del piano en la orquesta y el clave aún no bien temperado, osea no afinado en cuatro cuarenta como en el dos mil diez, era el año mil seiscientos cincuenta y seis, la época en la que vivió Marco Antonio Sesti y los castratis hacían papeles femeninos en las óperas, muchos niños eran castrados para que se les conserve la voz aguda y puedan cantar como sopranos y contraltos, osea con voces de mujeres.
Alguien tocó con desesperación la puerta de la casa de Celeste:
-¡ayúdenme!; gritó una mujer joven y Celeste la hizo pasar, tenía a un niño de la mano como de la edad de Nicoleta:
-¡le pido que oculte a mi niño!, quieren castrarlo para que entre a la escuela de canto para castratis:
-¡hó!, ¿qué dice su marido?:
-él está deacuerdo y ha enviado a gente para que encuentren a mi niño.
En eso tocaron la puerta y la mujer escondió al niño pero derribaron la puerta antes de que ella pueda esconderse, eran cuatro hombres fornidos que en tono severo le preguntaron a la madre:
-¡¿en dónde está el niño?! a lo cual la madre no dijo nada y se escuchó desde la otra habitación que Nicoleta cantaba el área intorno al idol mío con gran afinación para su edad:
-¡nos llevaremos al niño!; dijo uno de los hombres:
-no, esperen, vengan después, se está recuperando de la castración, vengan dentro de unos días; dijo Celeste:
-¡vendremos mañana!; dijeron los hombres en tono duro y amenazante, luego se fueron:
-¡hó, Dios mío!, ¡ellos vendrán mañana a primera hora, no podremos escapar!:
-debe haber algún modo:
-no, estamos rodeados por espías, si me ven huir con mi niño, ¡lo castrarán!
-Nicoleta que escuchó todo entró a la habitación y valientemente dijo:
-Madre, córtame el cabello y vísteme de hombre, yo iré en lugar de ese niño, él que se quede en el mío:
-¡no, no, mi niña no!, ¡es lo único que tengo!; exclamó Celeste llorando:
-¡se lo ruego, se lo imploro!; clamaban madre e hijo:
-déjame ir, no te preocupes, sabré como hacer para que no me descubran, además quiero aprender a cantar, nadie podrá impedírmelo, ni siquiera el papa.
Celeste sabía que las palabras de su hija eran determinantes y que al igual que ella no abandonaría sus sueños aunque le cueste la dicha así que cortó su blonda cabellera negra y le dio la ropa del niño para que se la pusiera:
-cuídate mucho mi niña y si es necesario huir, huye; dijo Celeste y despertó de su pesadilla con el rostro empapado de llanto.
Menos mal todo había sido una pesadilla, Vernardo no ocupó nunca el lugar de Inocencio 11, el papa que dio el edicto de mil seiscientos cincuenta y seis y su hija no se iría lejos de ella como heroína, de hecho Celeste aún no tenía hijos y esa mañana salió como siempre a enseñarle violín a Marcelo.

Fueron  tan buenas las referencias que dio don Dimas al día siguiente de Celeste que Vernardo se sintió complacido al punto de esculpir a una dama levantando a otra en honor a la solidaridad de su esposa quien al ver aquellas estatuillas quedó complacida, por un momento parecía que las cosas volverían a ser como antes entre la pareja pero eso a Leonela le disgustó:
-¿harás una escultura para mí?:
-si claro; respondió Vernardo y sin pensarlo dos veces le hizo un loro, su animal favorito mas Leonela recibió el regalo de mala gana porque esperaba que su hermano hiciera una escultura en honor a ella, algo que la exalte:
-¡Un loro, un simple loro! Y a ella le hizo una escultura que exalta sus buenas acciones, ¡como si fuese una mujer abnegada!, que suerte tienen algunas que sólo levantan un dedo y tienen a un hombre a sus pies y las verdaderas mártires nos quedamos sin nada, ¡claro, seguro me hizo un loro para decirme que hablo demasiado!; pensaba Leonela con rabia sin saber que su hermano ni siquiera había meditado en la escultura que le había hecho, solamente recordó que cuando niña le pidió que le dibuje un loro y él la complació.

Sinfonía en el mar capítulo seis

Capítulo 6

Marcelo fue desganado como nunca a su clase de violín, tenía los ojos rojos de haber llorado, al ver esto Celeste se preocupó por él:
-cuéntame pequeño, ¿qué te ocurre? Preguntó luego:
-no se leer, señorita Celeste, no se leer; dijo Marcelo llorando y ella lo abrazó:
-¡debí pensar en eso! Sólo me preocupé en enseñarle música, pensó en silencio:
-cálmate pequeño, es fácil aprender, te enseñaré, dijo luego pero el niño lloró más:
-ya no llores:
-esque no debí decírselo, no debo andar por allí de pedilón, ya le he dado mucho trabajo.
Al oír estas palabras Celeste se quedó sorprendida, aquel niño no le estaba pidiendo juguetes, quería aprender a leer y se sentía avergonzado por desear que alguien le enseñe:
-ve a la escuela entonces, allí te enseñarán:
-ya fui y no me aceptaron porque no se leer, debo esperar al próximo año:
-mienttrastanto yo te iré enseñando:
-no, le estoy dando mucho trabajo; dijo él intentando calmarse:
-lo que pasa pequeño, es que cada vez estás aprendiendo cosas más difíciles en el violín y necesito que aprendas a leer, así se me hará más fácil enseñarte, dijo ella intentando convencerlo pero no pudo, Marcelo seguía sintiéndose mal por dar tanto trabajo:
-ya deja de preocuparte, entonces entrarás al colegio al próximo año; dijo y cuando el niño se sintió aliviado comenzó la clase.
Mientras tanto Cati la esperaba en su casa con ansiedad, necesitaba hablar con ella, no tenía a nadie en quien confiar para algo así, doña Chela era una buena compañera de charla mas no muy juiciosa para dar consejos y lo peor era que cualquier cosa que le contaran se esparcía como el viento por todo el pueblo sufriendo diversas metamorfosis que transformaban a los sucesos en ideas alejadas de la realidad y en ocasiones tan enredadas que sembraban intrigas:
-¿qué haré, vendrá? Se preguntaba cuando en eso escuchó el timbre, era Celeste que llegó después de dar clases:
-¡pasa! Pensé que no vendrías; dijo Cati con alegría y la invitó a sentarse en el sofá de la sala:
-dime, ¿cómo te sientes?:
-estoy bien pero no se como va a tomarlo mi suegro, no se como decírselo:
-¿decirle qué? Preguntó Celeste:
-¡lo que me ocurre! Realmente me preocupa mucho:
-¿es grabe?:
-tú sabes que la gente es diferente entre si, los valores morales son distintos para cada persona:
-no creo que haya ningún problema al respecto, don Dimas es un hombre bastante moral:
-¡ese es el problema!:
-¿qué?:
-yo no pienso como él, por eso temo que se arme un lío y en mi condición no podría soportarlo:
-vamos, habla ya, me estás alarmando:
Tú sabes que una cosa lleva a la otra, no es la culpa de nadie, son circunstancias de la vida, la gente juzga mucho, prométeme que no se lo dirás a mi suegro ni a nadie hasta que yo te lo diga:
-está bien Cati; dijo Celeste y se arrepintió de haber hecho esa promesa porque tal vez se convertiría en alcahuete, Cati no parecía una mujer ligera pero nadie sabe lo de nadie, además era chismosa y había estado allí la noche en que su esposo la acusó de infiel delante de todos en la tienda tal vez para ocultar con una cortina de humo su desliz, sus aventuras amorosas, ¿quien sabe? Tal vez esto era una trampa. Todas estas cosas intranquilizaron a Celeste quien sintió un pesar por haber sido la buena samaritana pero al mismo tiempo se dio cuenta de que no podía actuar de otro modo:
-¿crees que mi suegro se enoje? Quizás me tache de inmoral:
-¿por un desmayo?:
-no, por la causa del desmayo:
-¡me estás asustando, dime lo que pasa!:
-me siento muy nerviosa, angustiada:
-¡habla ya!:
-tal vez deba irme de la casa, no se como decirle a mi suegro que:
-¿qué? Preguntó Celeste:
-que estoy embarazada.
-¡felicidades Cati!
Fue grande la sorpresa de Celeste cuando Cati en lugar de alegrarse rompió a llorar, le parecía que las actitudes de aquella joven no tenían sentido, que estaba bordeando el límite de la locura:
-cálmate, no es nada grabe, cuanto quisiera yo tener un hijo:
-yo también pero esque tú no conoces a mi suegro, tiene unas ideas más descabelladas:
-ya verás como se alegra tanto con un nieto:
-¡esque tú no conoces a mi suegro!:
-A cualquier persona le gusta pasar su apellido a la siguiente generación:
-¡claro! No se me había ocurrido, podemos abordar el tema de esa forma pero necesito tu ayuda, Celeste:
-cuenta conmigo, ve preparando a tu suegro:
-¿cómo?:
-habla de su árbol genealógico, de lo buena que es su familia, tu sabes, emplea la zalamería; dijo Celeste dejando aliviada a Cati que se puso manos a la obra para el próximo encuentro de ambas con don Dimas.

*
Leonela decidió una mañana que bernardo no debía comer huevos revueltos con jamón seguido y botó a la basura los que le había preparado Celeste por lo cual se molestó:
-¡no debiste hacer eso Leonela!:
-comer grasa seguido hace daño, estoy cuidando tu salud:
-agradezco tus buenas intenciones pero yo ya soy lo suficientemente grandecito como para decidir, el hecho de que seas mayor que yo no te da derecho a mandar en mi vida:
-entonces haz cosas sensatas; dijo ella y bernardo se fue a otra parte porque se sentía fastidiado con sus sermones, pensaba que se había excedido en su papel de hermana mayor y estaba comenzando a hastiarse.
Pero las cosas no quedaron allí, más tarde Leonela reprendió a Celeste por cocinar tantas frituras y le pidió que ya no hiciera huevos revueltos en el desayuno a lo cual ella dijo:
-tu hermano es el que me ha pedido que le cocine huevos revueltos con jamón:
--si, pero el aceite que tú compras es demasiado dañino, deberías usar aceite vegetal:
-me pones en un dilema, bernardo no quiere que use aceite vegetal, no le gusta:
-tú como su esposa no deberías hacer tantas frituras:
-te repito que él es quien quiere comer eso y no le gusta que le digan que hacer:
-es tú deber como pareja sugerirle que no lo haga; dijo Leonela en tono mandón y acusador:
-bueno, díselo tú:
-no puedo, tú eres la llamada a decírselo y por favor no le digas que yo te he dicho esto porque se enoja mucho:
-verán como se entienden ustedes, a mí no me metan en sus asuntos; dijo Celeste enfadada, se disponía a salir de la habitación pero su cuñada la detuvo:
-tu deber como pareja es velar por el bienestar de mi hermano, sugerirle cosas para su bien y el otro día salió a la calle con ese polo de rayas horizontales que le queda tan feo y no hiciste nada para que se lo cambiara:
-le he sugerido que se compre otro polo pero no ha querido:
-¡debiste insistir!:
-¡no puedo obligarlo! bernardo toma sus propias decisiones y yo las respeto:
-¡se nota que tú no te has enamorado de él!:
-¡no eres nadie para decirme eso!:
-¡no te importa que tu esposo haga el ridículo! Lo dejas como sea, no te importa que quede mal:
-estás exagerando:
-se ve muy mal con ese polo a rayas:
-no es para tanto:
-¡claro, no te importa! ¡no lo quieres lo suficiente!:
-le das demasiada importancia a las cosas externas:
-¡nunca te has enamorado! Dijo Leonela enojada, Celeste pensó que no tenía sentido seguir discutiendo por cosas triviales y se fue a la casa de Cati para dejar de escuchar los extraños y descabellados razonamientos de su cuñada sin saber que allí escucharía disparates descomunales.
Don Dimas la recibió con gran amabilidad, casi con aprecio, la consideraba la mejor mujer del pueblo, la más decente de todas:
-¿cómo le va señora Celeste? Le preguntó:
-bien, gracias, como siempre dándole clases a Marcelo, es un niño aplicado y quiere aprender a leer:
-me extraña que uno de los Aguirre tenga deseos de progresar, ha de ser usted la gestora de tan noble labor:
-oh, no es nada, sólo cumplo con mi deber:
-Cati debería seguir su ejemplo, reformar a los niños perdidos:
-un niño es la esperanza del porvenir y más aún si tiene una familia moral como la suya que le enseñe valores:
-si pudiera rescataría a esos niños y los alejaría del mundo para que no se contaminen, no los enviaría a la escuela porque aprenderían las malas mañas de los demás, mejor es que aprendan con maestros particulares en casa:
-eso no, los niños necesitan tener amigos; dijo Cati:
-ya me imagino la clase de madre que serías hija, no, definitivamente la humanidad ya no debería tener hijos, ¡este mundo está corrompido!:
-si se les cría con valores morales serán gente de bien, además no creo que usted quiera que su apellido se pierda, que quede en el olvido:
-¡prefiero eso a que venga un niño al mundo a corromperse!:
-¡entonces que las mujeres embarazadas aborten! Exclamó Cati:
-¡¿qué dices?! ¡Eso nunca!:
-¡oh, no don Dimas! Eso nunca, es pecado, una abominación para Dios, ¡de ninguna manera! Es preferible cargar con la vergüenza que cargar con la culpa de un crimen, de un asesinato; dijo Celeste agradando a don Dimas quien después le dio un sermón de una hora a su nuera supuestamente para hacerla entrar en razón:
-dile a tu suegro acerca de tu decisión dijo Celeste ya cansada de aquel sermón inútil:
-he decidido tener a mi bebé, no abortaré:
-¡gracias Dios mío! ¡La bendición ha llegado contigo a esta casa, Celeste! dijo don Dimas, estaba absorto por el embarazo de su nuera y por lo que según él iba a pasar si la violinista no estaba allí, en el momento indicado y preciso:
Disculpe, señora Celeste, prosiguió:
-no hay problema, llámeme por mi nombre:
-te conviene ser amiga de esta joven, Cati, es una buena influencia para ti y es tan madura para tener veinticinco años:
-hací lo haré don Dimas; respondió Cati y Celeste pensó por un momento que el mundo se estaba loqueando o que ella era la loca más cuerda que existía.
    
*
En  la entrada del pueblo habían algunas casas de adobe y otras de esteras, pequeñas y modestas que abundaban por los alrededores, Alonso había llegado recién y se preguntaba:
-¿cómo es que hay gente que viene a vivir aquí después de haber vivido en la ciudad? Enseguida vio unas casas de semento más asia el centro del pueblo y se dirigió a ellas, casi todas eran de un piso menos la casa de don Dimas y alguna que otra por allí en donde vivían tres o más generaciones y a diferencia de las casas de adobe estaban bien cuidadas, parecían casitas de muñecas y todas tenían tejado, aunque sea sólo adelante porque algunos dueños decidieron utilizar el techo como azotea pero no dejaron de poner tejas solamente para conservar la tradición.
La brisa del mar apaciguaba el calor costeño que era constante todo el año, como en muchos pueblos las calles eran angostas menos la sona en donde estaba el parque y la parte de la plaza que estaba a regular distancia del parque.
Después de caminar durante unos minutos Alonso llegó a la plaza que no tenía nada de particular, era de semento y tenía una pileta pequeña desprovista de agua que estaba al centro de la misma, luego entró al restaurán en donde una joven negra lo atendió:
   -aquí tiene la carta joven, cuando se haya decidido me hace el pedido; le dijo y Alonso luego de leerla pidió un almuerzo que consistía en una sopa y un lomo saltado:
-los almuerzos se sirven a la una, lo siento joven:
-entonces déme sólo el lomo saltado, sin sopa por favor señorita:
-mejor pida otro plato, no podemos darle sólo el segundo porque es parte del almuerzo:
-entonces déme el almuerzo completo, ya son las doce y media:
-no podemos, tenemos que esperar hasta la una:
-entonces esperaré; dijo Alonso sorprendido por las costumbres de ese lugar y esperó hasta la una de la tarde para poder comer.
Cuando terminó de almorzar fue a la fotocopiadora que estaba a unos pasos y salió a atenderlo un hombre como de cuarenta años que le dijo:
-no se manejar esta máquina, espere a mi yerno, ya vendrá:
-¿cuánto demorará?:
-unas horitas nomás, está en un pueblo cercano; respondió y Alonso siguió su camino porque no estaba dispuesto a perder el tiempo.

Esperanza Gómez-Cornejo Bazán

Sinfonía en el mar capítulo siete


Alonso siguió caminando y al no encontrar la casa que estaba buscando sacó su laptop y verificó la dirección, calle dos m siete, a espaldas de la plaza, una casa blanca de un piso pero nadie atendía la puerta así que se fue a dar un paseo por la playa, en dirección al oeste.
Cuando salió de la calle tres pasó por las casas de adobe que a diferencia de las de semento estaban distanciadas entre si, siguió por un camino recto de tierra que estaba en medio de los cultivos de arroz y vio un regadío que era como un riachuelo en donde nadaba Rodrigo que a ratos no se dejaba ver por las plantas que estaban al borde del mismo.
 Siguió al niño que al final del regadío se lanzó por la catarata de agua saltando por la compuerta a la arena de la playa:
-¡eso es muy peligroso! Exclamó Alonso y Rodrigo se rió como si nada.
De pronto vio una imagen inconfundible, era una mujer hermosamente esculpida por la naturaleza, con un vestido rojo, el cabello Lazio, negro y sedoso que caía como cascada hasta su cintura y parecía caminar en el aire, sin proponérselo sus movimientos eran delicados como los de un cisne, definitivamente era ella, Alonso estaba convencido y la llamó:
-Celeste, Celeste:
-¡alonso! Exclamó ella cuando lo vio:
-es una linda sorpresa; prosiguió:
-vine trayéndote el violín que me encargaste por correo, todo hubiera sido más rápido si me escribías por Internet:
-si amigo pero aún no han puesto Internet aquí, están en eso:
-al paso que va la gente de este pueblo van a poner Internet cuando ya no existan las computadoras sino otro tipo de sistema, jaja, no te preocupes, eres de familia longeva así que verás cuando tus bisnietos usen la Internet para comunicarse con la gente del pueblo:
-jajaja, no exageres:
-de veras, amiga, por cierto, ¿Dónde vives?:
-en cualquier lugar en donde haya oxígeno Alonso:
-no has cambiado nada, aunque más parece que vives en la playa porque no te encontré en tu casa, que bien, así me gusta, nunca te dejes pisar:
-eso depende a que tipo de pisadas te refieres:
-¡me sorprendes! Jajaja, ya te hacía falta dejar la candidez, el matrimonio te ha sentado bien:
-claro que si, amigo Froy, digo Alonso:
-jajajaja, está bien, esa chapa me gusta, ¿recuerdas cuando hablaba de sexo en el conservatorio para incomodarte? Quería que te rasgues las vestiduras como toda una santa:
-si, pero no me incomodabas de la manera en que se incomodaría un santo, por un momento pensé que eras medio degenerado, jaja, esque hablabas de la necrofilia, ¡que asco!:
-¿no me habrás creído? ¿O si?:
-al final no:
-que ingenua eras:
-no, sólo era discreta:
-hay, por favor, si parecía que no sabías como se hacían los hijos, jajá jajá, tenías una mirada tan inocente y nunca te escuché decir una grosería:
-en estos tiempos es imposible que alguien no sepa de esas cosas, si no nos las enseñan en el hogar nos las hacen conocer en el colegio o en la televisión, ya nadie se escandaliza al escuchar esos temas, todo es más natural, estudiamos en colegios mixtos y los hombres ya no andan al asecho detrás de las mujeres, ahora es falso ese dicho de que las amistades entre hombres y mujeres son imposibles, somos más civilizados que antes:
-en eso tienes razón.
En estas y otras conversaciones se les pasaron dos horas, Celeste volvió a sus días de estudiante y casi llora de emoción cuando Alonso y ella tocaron frente al mar un dúo de violines, las olas parecían acompasar aquellas melodías tan enternecedoras.
Esa música suave, sutil pero a la vez profunda acariciaba la tarde con la complicidad del viento que dirigía el vaivén del océano cual director de orquesta y alguna que otra gaviota se quedaba escuchando el sonido de los violines, aquella tarde fue mágica pero todo tiene su final y cuando terminaron de tocar fueron a casa de Celeste.
Mientras tanto en casa de don Dimas había una gran algarabía, doña Narda, la suegra de Cati volvió de su viaje con sus dos hijas y recibieron con alegría la nueva noticia.
Se decían muchas cosas en torno al niño que iba a nacer y no faltaron las reflexiones de don Dimas, detalladas y exageradas, un poco más y escribía toda la historia de su nieto o nieta:
-en este mundo corrompido los niños deben ser constantemente custodiados, te ha tocado una ardua labor, Cati, debes guiarlo por la senda del bien y no dejar que se contamine, recurre a Celeste, ella sabrá aconsejarte, es una santa esa noble mujer y ¡que lindo toca el violín! Alguien que toca ese tipo de música tan limpia, sin nada de malicia sin duda trae algo muy bueno en su alma, ella puede ser su maestra, no necesitas llevar al niño a la escuela donde sabe Dios que malas mañas aprenderá y cuando crezca, ¡que difícil! Hay que ir haciendo planes desde ahora para evitar que se contamine, que no sea como los niños descarriados que hay en este mundo por causa del descuido de sus padres, Cati, tú misma tendrás que reformarte:
-¡¿cómo?! Exclamó la joven molesta cuando tocaron la puerta, era Roberto, su esposo que llegó de manera oportuna cortando la retahíla de don Dimas y evitando de esa manera que hayan problemas.
La pareja se alegró mucho al verse y se fueron a descansar, una vez solos Cati notó que Roberto había bebido y comenzó a llorar:
-nunca habías llorado por eso:
-¿qué voy a hacer cuando mi hijo sufra con un padre borracho? le darás mal ejemplo:
-todos toman, mujer, no tiene nada de malo:
-quiero que mi hijo vaya a la universidad, que sea más que nosotros, ya no tomes; decía llorando.
Roberto la amaba y le dijo que dejaría el licor, mas del dicho al hecho hay mucho trecho y él tomaba casi diario.
-Celeste, tú también busca la manera de irte a Viena, allí valoran el arte, a Bernardo también le iría de maravilla, convéncelo:
-no creo que quiera, le gusta la vida del pueblo:
-allí podrían vivir en un pueblo tranquilo pero con todas las comodidades y también tocarías en una orquesta, no pierdes nada hablándole:
-si, lo intentaré; dijo ella:
 Cuando Leonela llegó se escandalizó al ver que Celeste estaba en la casa con un amigo e inmediatamente fue a buscar a su hermano, caminó un rato hasta que lo encontró en la tienda:
  -¡Bernardo! ¡Celeste está con un hombre! Exclamó y él salió corriendo camino a la casa:
-Bernardo, se olvida lo que compró, ¡Bernardo!; gritó doña Chela pero él no la escuchó, salió tan contrariado de la tienda que tropezó con la vereda de forma tal que cayó al suelo, el golpe lo calmó un poco menguando su ira y llegó a la casa con la rodilla ensangrentada, estaba decidido a pelear con Celeste pero al ver a Alonso se contuvo:
-¡Bernardo! Es un gusto verte; dijo contento y él no salía de su asombro, después de mucho tiempo volvió a ver a Alonso, el violinista que tocó en su primera exposición de escultura, aquel amigo que le consiguió trabajo por un tiempo mientras era estudiante:
-es de muy mal gusto que una mujer casada reciba a un amigo en su casa; dijo Leonela enojada, incomodando al invitado:
Alonso, te presento a mi hermana, Leonela, él es el amigo del que tanto te hablé; dijo Vernardo y ella hizo un gesto desplisente, Celeste no sabía en donde meter la cabeza, estaba bastante avergonzada:
-¿cómo estás? Me alegra verte; dijo Vernardo y Leonela se fue de la sala al sentirse ignorada, no cabía en si misma de cólera.
Pensaba que su hermano debería ser más duro con Celeste, que no hizo bien al permitir que haga entrar a un amigo a la casa cuando él no estaba:
-debo abrirle los ojos a mi hermano, ¡esa estúpida hace lo que le da la gana! Pensaba totalmente airada.
Cuando terminaron de tomar café Alonso se instaló en el hotel del pueblo y durmió plácidamente, como hace mucho tiempo no dormía.
Al día siguiente Marcelo recibió su violín con emoción y en los días sucesivos mejoró notoriamente en su ejecución, Celeste, Alonso y Marcelo prepararon una pequeña presentación en la plaza, el niño tocó dos canciones y los violinistas por supuesto fueron las estrellas, hubo más público de lo esperado, sobretodo algunos burlones que querían ver al lustradorsito de botas haciendo el ridículo pero para sorpresa de todos el niño quedó bien, todos estaban sorprendidos de que en tan poco tiempo hubiese aprendido a tocar algo en un instrumento tan difícil, se requiere tener un excelente oído ya que el violín no tiene trastes como la guitarra, ahora aquel niño mal vestido era considerado un niño talentoso.
Lucía estaba feliz y lloraba de emoción al escuchar como su hermano tocaba junto a su maestra, esas canciones sencillas se escucharon bellas gracias a la magia de la armonía, la niña comenzó a pensar que su hermano tal vez podía ser un buen músico y en un instante lo imaginó en un teatro, algo inalcanzable para ellos, en el pueblo apenas había un salón en donde se hacían las asambleas de la alcaldía con sillas de plástico que regaló la cervecería, después volvió a la realidad y pensó:
-un teatro, no, imposible, tendríamos que viajar a Lima y eso nunca sucederá pero podrá tocar en la calle y ganar algo más de dinero como dijo la señorita Celeste, algo es algo, será mejor no soñar tanto.
Los días que Alonso pasó en el pueblo se fueron rápido, tuvo que regresar a Lima pero prometió volver y contactarse con un amigo que estaba trabajando en una empresa que colocaba Internet, realmente deseaba que los habitantes de ese pueblo se modernicen.

*
-¡¿por qué escuchas mis conversaciones privadas?!, ¡estás invadiendo mi privacidad, mi casa!:
-fue casualidad:
-¡no puede ser casualidad dos noches! ¡Mejor será que te vayas!, ¡si es posible hoy mismo, hoy!, ¡sólo me has traído problemas!:
No seas ingrato, cuando la floja de tu mujer salía yo arreglaba la casa; dijo ella entre sollozos:
-si y ¡tiraste a la basura una escultura mía a medio terminar!, ¡alista tus cosas y vete ya!, ¡vete antes de que las cosas empeoren!, ¡antes de que reniegue de ser tu hermano!, no sabes lo que me ha costado hacer esa escultura, ¡todo un año de trabajo a la basura!.
Leonela no tuvo otra alternativa que alistar sus cosas e irse esa misma mañana en el primer carro con destino a Lima para alivio de Celeste que se sintió feliz de no encontrarla en casa.
El viaje fue pesado para ella pero lo peor fue no poder quedarse en la casa de su prima porque ya tenía visitas aunque más parecía que usaron esa escusa para no hospedarla y tuvo que irse a Arequipa.

Autora Esperanza Gómez-Cornejo Bazán

Sinfonía en el mar capítulo ocho

Capítulo 8

Todo el pueblo se enteró de que Leonela se había ido, en la tienda comentaban muchas cosas:
-es raro que se haya ido de un momento a otro; dijo Elvira:
-dicen que se fue con lino el vendedor; dijo Casilda:
-puede ser, un día la vi sonreír, de hecho que está enamorada; dijo doña Chela:
-¡que bueno! Porque era una amargada:
-hay, pero lo que hiciste Casilda, amarga a cualquiera:
-¿qué ice?:
-corriste el chisme de que Celeste tenía un amante:
-es que parecía, Elvira, ella sale mucho:
-tienes razón, eso amarga a cualquiera, más aún a una mujer enamorada, debe ser feo que tu cuñada sea tu rival, peor aún tratándose de alguien como ella que no tiene tantas oportunidades de conseguir un novio:
-no es fea:
-Elvira, si ella fuese fea ni siquiera tendría familia:
-jajajajajajajajaja, ¡Casilda!:
-con ese carácter y enzima fea, sería imposible de soportar:
-no sea mala:
-si hija, llegó el momento en que yo rogaba para que no viniera a la tienda, Vernardo tiene sus arrebatos pero ella se pasaba de la raya, si les contara:
-cuéntenos doña Chela, cuéntenos; dijeron las jóvenes y la tendera empezó su relato:
-Leonela  siempre estaba molesta, no había día en que dejase de reclamar algo, una mañana vino a devolver los huevos que su hermano había comprado porque eran blancos y según ella alimentan menos que los otros, no se si sea cierto pero el granjero me vendió esos, se le agotaron los otros y por más que se lo expliqué ella no quiso entenderlo y los tiró en el mostrador ensuciándolo, quería que le devuelva el dinero pero no lo hice, ¡de ninguna manera iva a ceder a sus caprichos! Y después de semejante escena se quejó con algunos de que yo no era amable:
-Entiendo que se sienta aliviada por su partida, conmigo no era así de explosiva pero tenía otros defectos que me irritaban:
-¿qué tipo de defectos Elvira?:
-es el tipo de persona que le gusta estar criticando y corrigiendo todo, le dijo a mi madre que siempre hacía lo mismo para vender, pues toda la vida preparaba mazamorra morada, le preguntó si su cerebro no le daba para más en la cocina:
-¡guao, es el colmo de la imprudencia! Menos mal que tu madre es una persona sosegada y toma las cosas de quien vienen, mi novio no es así, ustedes saben que su apodo es caballo, por su forma de caminar y la necia de Leonela le preguntó el porqué de su apodo a lo cual Bladimir le dijo que dejara de faltar el respeto a los demás y que metiera algo en su cerebro, la situación fue tan incómoda que tuvimos que irnos de la asamblea:
-claro, por eso Casilda y Bladimir no estuvieron cuando hablamos acerca de la posibilidad de poner una cabina de Internet en el pueblo:
-sería maravilloso, podría comunicarme con mis hermanos y amigos, tal vez ellos sepan de algún médico que quiera operar a Bladimir para que pueda caminar bien:
-hasta tú podrías averiguar muchas cosas y quizás contactarte con médicos, la Internet es uno de los mejores inventos; dijo Elvira.
En eso una mujer de setenta años entró a la tienda, no tenía apuro así que esperó que terminaran de conversar, un hombre anciano de mirada sabia entró después y los ojos de ella se quedaron fijos en los suyos:
-nunca lo había visto, ¿usted no es de aquí?:
-no señora, recién llegué ayer:
-Dígame doña Gertrudis, ¿qué le doy? Dijo doña Chela interrumpiendo ese momento tan importante para ella:
-déme un kilo de azúcar; respondió ella:
-¿usted qué llevará señor?:
-nada; dijo el anciano y después de intercambiar algunas palabras con doña Chela los dos ansíanos se fueron de la tienda cada cual a su lugar.  
Celeste le estaba enseñando a leer a Marcelo de una forma disimulada:
-Aquí dice piano, eso quiere decir que debes tocar despacio, la p con la i suena pi, con la a suena pa, ¿cómo sonaría la p con la e?:
-el sonido sería pe señorita:
-¡muy bien! Aprendes rápido, ahora te dejaré un libro de música para que estudies; le dijo y le dio un libro de teoría musical que Marcelo podía leer en parte y le pidió a Lucía que lo ayudara con el resto:
-La negra vale un tiempo, la corchea vale medio tiempo; leía la niña. Haber toca una corchea hermanito; prosiguió y en eso escucharon llegar a Marcela, rápidamente escondieron el libro entre los colchones de la cama y Lucía volvió a su costura:
-¿qué hace aquí Marcelo? Preguntó Marcela:
-acaba de llegar; dijo Lucía:
-espero que hayas ganado algo hoy:
-gané cinco soles y cincuenta séntimos por tocar una canción:
-por fin el violín está dando sus frutos, que bueno; dijo la chica y se fue a la cocina, Lucía respiró aliviada, un poco más y su hermana los encontraba con las manos en la masa o mejor dicho en el libro.
Marcela trataba de hacer las cosas bien pero sus cortos quince años no le daban la sabiduría que necesitaba para sacar adelante un hogar, era demasiado estricta en cosas que no debería y no se daba cuenta de las cosas alarmantes que estaban ocurriendo con Rodrigo, la mayor parte del tiempo no llegaba a almorzar, ella pensaba que era lo suficientemente independiente como para arreglárselas solo y no le daba mucha importancia a su actitud, más renegaba si Marcelo pasaba mucho tiempo con el violín dejando de trabajar y cuando Pablo y José se dedicaban a jugar al trompo en lugar de ir a vender refrescos, definitivamente Marcela no estaba enterada de lo que estaba pasando, incluso les decía a sus hermanos que deberían seguir el ejemplo de Rodrigo que era independiente y no daba problemas, claro, después del incendio en la vereda ya no podía decir lo mismo porque sus hermanos se lo recordaban con insistencia, la buena imagen de Rodrigo se había ido al suelo para todos, para Marcela no tanto pero ya no era alguien a quien se pudiera poner de ejemplo.
Cati estaba bastante susceptible por el embarazo y coincidentemente Roberto había comenzado a beber más seguido, gran parte de lo que ganó trabajando en los otros pueblos como carpintero y en las chacras lo gastó en licor, a pesar de las promesas sinceras que hizo las cosas seguían iguales, la gota que derramó el baso fue cuando una noche llegó ebrio y se molestó tanto con Cati que rompió una silla:
-¡me voy, no quiero vivir con un hombre así! Es imposible:
-¡Roberto! ¡¿Qué pasa?! Hijo; dijo doña Narda alarmada:
-cati se va, jajajajajajajajajaja:
-¡no, está embarazada!:
-ya oyó señora, no le importa su hijo ni yo; dijo Cati llorando:
-espérate hijita, no te precipites, está borracho:
-Por eso me voy, ¡mírelo! Me prometió que dejaría de tomar y sigue con el visio, gastó todo el dinero que era para el bebé y el parto:
-te entiendo Cati, se que no está bien lo que hizo, mañana hablaré con él pero ahora mejor descansa, no es bueno que te desveles en tu estado:
-está bien doña Narda; dijo la joven y se fue a dormir.
-podemos acampar aquí, ahora entiendo porqué te gusta venir a las rocas, es un lindo lugar, la espuma del mar resalta en la oscuridad de la noche:
-si, imagino que el mar es una orquesta mientras toco el violín:
-toca algo para mi por favor; dijo él y ella tocó una pieza romántica que enterneció a Vernardo, después se quedaron abrazados largo rato, aquella noche fue inolvidable porque sus corazones latieron juntos de nuevo, junto al mar.
A la mañana siguiente Cati no estaba, se había ido como lo prometió, dejó una nota que Roberto leyó y con desesperación les pidió ayuda a sus hermanas para ir a buscarla:
-¡cállate! ¡Tú tienes la culpa! Pobre Cati, no le digas nada a nuestro padre, harás que la odie injustamente, tú has ocasionado esto; dijo una de sus hermanas:
-Hilda, ella es la ingrata, vengo a quedarme después de tanto trabajar y me paga tan mal, abandonándome:
--anoche viniste borracho, hiciste un escándalo, tu esposa está embarazada, no debes darle disgustos, es desconsiderado de tu parte, ¡rompiste una silla! Pobre Cati:
-no recuerdo nada; dijo Roberto sorprendido:
-ojalá sea verdad:
-tú sabes que no soy mentiroso:
-si pero los vicios cambian a la gente y tú estás enviciado:
-eso no es cierto:
-desde que llegaste te he visto tomar todos los días, estás repitiendo la misma historia de mi padre, ahora recién se le ha dado por no tomar, por su salud, en buena hora pero el daño ya está hecho, pobre nuestra madre, ¡Cuánto ha sufrido! No hagas lo mismo:
Al oír esas palabras a Roberto se le vinieron a la mente algunos sucesos de su infancia.
Los hombres del pueblo se habían reunido para jugar un partido de fútbol en la cancha deportiva de la alcaldía y no faltaron las cervezas que ivan y venían, la reunión se prolongó hasta la noche, doña Narda quería irse porque sus hijos eran pequeños pero don Dimas no le hacía caso:
-vámonos papá tengo frío y sueño; dijo Roberto y su padre lo empujó:
-¡no sabes criar a tus hijos! Quieren fiscalizar a su padre, ¡que niño tan irrespetuoso! Gritó luego y doña Narda no hizo otra cosa que agachar la cabeza mientras Roberto lloraba asustado.
Luego recordó la ocasión en que su padre ebrio renegó cuando doña Narda le pidió que vayan a la casa porque quería entrar al baño, fue humillante porque le dijo:
-¡que fregada eres! ¡¿Quieres que te fabrique un inodoro?!  A la próxima te traigo un basín para que no andes de quejona.
¡Ho no! ¡Roberto no podía ser tan malo! Esa idea lo estremeció, amaba a su esposa y salió a buscarla con Hilda.
La encontraron en el terminal esperando el carro que la llevaría a Lima, no tuvo tiempo de alistar todas sus cosas así que llevaba sólo un maletín pequeño:
-¡Cati, mi amor! Exclamó Roberto:
-¡vete, no quiero verte!:
-perdóname, todo va a cambiar, es enserio; suplicaba él realmente arrepentido pero ella no le creyó y subió al ómnibus dejándolo descorazonado.

Autora Esperanza Gómez-Cornejo Bazán