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sábado, 22 de diciembre de 2012

Sinfonía en el mar capítulo uno

Autora Esperanza Gómez-Cornejo Bazán

Capítulo 1

Llegaron al pueblo pezquero Bernardo y Celeste a pasar su primera noche juntos, se veían felices como la mayor parte de recién casados. La joven era hermosa, de apariencia frágil, delicada, no parecía pertenecer a aquel lugar de gente simple y ruda. Sus manos bien cuidadas y su estilizado andar contrastaban con el agreste estilo de su resiente esposo, pero así es el amor, lleno de contrastes.
Ella era una talentosa violinista que soñaba con tocar algún día en la orquesta de Viena, pero el amor ancló su corazón en aquel pueblo que lejos de incomodarla la inspiraba para escribir y al cavo de tres meses publicó el que fue uno de sus mejores libros de poemas, al parecer había nacido para florecer en cualquier lugar.
Bernardo era un escultor poco conocido que se sintió disminuído por el resiente allazgo de su esposa y le dijo que no podía viajar a Lima por falta de dinero, mas ella viajó de todas maneras, con un dinero que tenía ahorrado. El no supo como reaccionar, pues era un imprevisto que hirió su orgullo.
Dado que los pasajes ya estaban comprados, la pareja viajó a Lima, Bernardo no tuvo otra obción que felicitar a su triunfante esposa luego de su presentación. La sala se llenó de público, más de lo esperado y las críticas fueron alentadoras, era según los críticos literarios, una poeta que emergía triunfal, con pasos ajigantados asia la sima:
-¡y pensar que no estudió literatura!, dijo el literato que tuvo el honor de hacerle el prólogo.
Las felicitaciones iban y venían, después alguien corrió por la sala el rumor de que la nueva escritora era violinista y le pidieron que los deleytara con su música, a lo cual no se hizo rogar y precavida como siempre había llevado su violín, lo sacó del estuche y tocó para todos algunas piezas de Mendelson.
Mientras las notas del violín ivan conmoviendo a la audiencia, en el corazón de Bernardo crecía una cólera ilógica, que rozaba la envidia:
-no tiene sentido que tenga estos pensamientos de mi esposa; pensaba, pero día a día con cualquier logro de Celeste esos sentimientos se acrecentaban.
Cuando hubieron regresado a su pueblo, Celeste siguió tocando para si misma:
-¿qué melodía es esa?, no tiene mucho sentido:
-ha, es una parte de la novena sinfonía de Beethoven, jaja, tienes razón, esta parte no es muy entretenida, ¡pero que maravilloso es escucharla con la orquesta y el coro!:
-si, porque tu violín se siente insípido; dijo él con arrogancia:
-yo no lo siento así, vuelvo a mis días de instrumentista, vienen a mi mente vívidamente las melodías contrapuntísticas del barroco cuando toco obras de Bash y me sumerjo en el mar de acordes estruendosos cuando toco por ejemplo la quinta sinfonía de Beethoven, ¡amo la música!:
-lástima que aquí no haya una orquesta, dijo él:
Justo en eso estaba pensando, creo que enseñaré violín a varios niños de aquí, los haré tocar y traeré profesores que les enseñen violonchelo, contrabajo y mientras tanto voy aprendiendo viola, será lindo formar una orquesta de cámara aquí; dijo ella entusiasmada:
-sueñas demasiado, dijo él con cierto desdén y salió al patio, dejando a su esposa sola que se incomodó con su actitud cortante y seca.
Al paso de los días a Vernardo se le acercaban muchas personas del pueblo, a felicitarlo por los triunfos de su esposa:
-no es para menos, un escultor como usted, tenía que casarse con una artista tan destacada como ella, hizo una buena elección, propia de un hombre inteligente; le decían y Bernardo al sentirse alagado, ya no alimentó en su alma la envidia que había comenzado a sentir por Celeste sino, que se alegraba de haberse casado con tan extraordinaria artista y hablaba de su talento con sus amigos.
En la tarde llegó al pueblo Leonela la  hermana de Vernardo para quedarse unos días, Celeste la recibió con amabilidad y le acomodó una cama en la salita de estar, después de que se instaló fueron a almorzar:
-¿Qué tal el viaje hermana?:
-Bien gracias, sabes que ir en carro es pesado, pero no hubo ninguna novedad, ¿tú cómo estás?:
-Bien, para nosotros si han habido novedades, te cuento que Celeste publicó un libro de poemas y piensa formar una orquesta de cámara aquí; dijo él contento:
-Claro, ella es de una familia adinerada, por eso puede; dijo Leonela con cierto aire de amargura:
-Por cierto, pásame la sal que esta comida está fea, prosiguió.
Celeste no comprendía las actitudes de su cuñada y procuró no tener roses con ella, pero no pudo evitarlo, ya que al mes que estuvo alojada comenzó a controlar las salidas de la pareja, acusando a Celeste de mala anfitriona y de descuidar la casa. El propio Bernardo, comenzó a sentirse intimidado y cada vez que salía con su esposa, le decía a su hermana que iba a trabajar, para que esta no se molestara con él y tanto fue el asedio, que los esposos poco a poco dejaron de salir juntos, hasta que por la costumbre se perdió el romance.  
La tensión en la casa iba en aumento y la visita de Leonela se prolongó tres meses, los cuales fueron difíciles, porque comenzaron a pelear por nimiedades.
Celeste se sobresaltaba cada vez que había una pelea, pues nunca vio a su familia disgustarse tanto y con tanta frecuencia, nunca hubiera creído que en un pueblo tan tranquilo y alegre encontraría la infelicidad.

 *
Cierta mañana, Celeste salió a observar el pueblo y para atraer a la gente comenzó a tocar en la plaza, no tardaron mucho en rodearla y cuando terminó de tocar, un joven quiso darle limosna:
-No gracias, sólo quería hacerles una demostración de lo que se puede hacer con el arte, imaginen, si un violín suena tan lindo ¿cómo sonarán varios violines?, dijo ella con amabilidad, cayendo simpática a los presentes:
-¿Va a llegar una orquesta sinfónica aquí?; preguntó una de las mujeres, que estaba en el público:
-No, cuanto quisiera yo, pero he venido para saber, si a alguien le gustaría aprender a tocar el violín:
-¡Yo quiero, yo quiero!; dijo un niño de 7años, con gran entusiasmo:
-¿En donde están tus padres?, dime, para pedirles permiso:
-Están trabajando, lléveme no mas señorita; mientras tanto, la gente comenzó a irse y por allí se oyó un rumor:
-Marcelito tocando violín, no me lo imagino, no podrá comprar uno, además con esas manos tan sucias, lo embadurnaría:
-Te espero aquí con tus padres, ¿cuándo puedes venir?:
-Ellos no pueden dejar su trabajo, vamos a su casa nomás señorita:
-No sin la autorización de tus padres, tú dime cuando vas a venir, para que me des una respuesta:
-Ahora en la tarde estoy aquí, pero venga señorita, porque quiero aprender violín:
-Ya hablaremos niñito, en la tarde nos vemos; dijo Celeste y se fue.
-¡¿En donde has estado?!:
-Buscando gente para la orquesta:
-¡Pero ¿has creído que puedes descuidar la casa y a tu marido?! ¡la casa es una porquería!; gritó:
-No me grites:
-La comida está quemada:
-Te pedí que por favor apagaras la hornilla:
-Esa es tu función como esposa:
-No acordamos eso cuando nos casamos, dijiste que me ibas a ayudar:
-¡Pero la realidad es otra, la mujer es de la casa!, pero tú te crees una princesa, ¡claro, la gran artista que sólo piensa en su carrera!:
-No creí que apagar una hornilla te resultaría tan difícil y denigrante, ¡eso es egoísmo de tú parte!:
-Eres tú la egoísta, ¡la que no cumple en el hogar!:
-Somos un equipo; dijo Celeste y Leonela se acercó diciendo:
-Yo por mi hermano haría cualquier cosa, ¡parece que no lo quieres!, ¡no lo atiendes bien!:
-¡No te metas en esto, Leonela!:
-¡A mi hermana no le faltes el respeto!:
- Ella no es parte de nuestro matrimonio, no debe inmiscuirse, ¡nos está afectando!.
Al oír esto, Leonela, rompió a llorar mientras decía:
-¡Mejor será que me vaya!, para no estorbar:
-¡Vez lo que causas!, ¡discúlpate con mi hermana!:
-¡Eso no!, ¡ya ha provocado muchos problemas!.
La discusión duró toda la tarde, esa noche Vernardo y su hermana, salieron a senar a un restaurán y en los días sucesivos hacían a Celeste a un lado, inclusive la sacaban de la sala o la cocina para conversar a solas sin tener encuenta que esa era la casa de ella también.
Celeste trataba de arreglar esa situación, pero de ninguna manera iba a dejar sus proyectos y Bernardo no estaba dispuesto a apoyarla, sus cálculos salieron mal, pensó que al llevar a su esposa a vivir a un pueblo pequeño, dejaría su carrera para dedicarse a la casa y a él, pero no fue así. Encolerizado por su frustración, día a día se volvía más absorbente y ella se alejaba más, aunque estuviese presente.

*
Marcelo no llegaba a la plaza ase como tres tardes y eso a Celeste le preocupaba:
-“Se habrá desanimado, debí haber venido la tarde en que le prometí”, pensaba, cuando vio aparecer al niño:
-Señorita, creí que ya no vendría, mis padres están de viaje, enséñeme no mas señorita:
-Bueno, vamos a tu casa, necesito hablar con tus hermanos:
-Ya, vamos; dijo él, caminaron unas cinco cuadras hasta la casa del niño que era pequeña y de adobe, luego salió a la puerta una chica de quince años que gritaba desaforadamente:
-¡Eres un flojo, no has ganado nada durante tres días!:
-No grites, Marcela, voy a aprender a tocar violín:
-¡Haber si el violín te da de comer!, ¡porque yo no!, si no traes dinero, ¡no te doy de almorzar!, ¡aquí todos ponen su parte porque no alcanza!, ¡yo no soy una maga para aparecer dinero en casa!, ¡hasta yo trabajo y también cocino!:
-No he podido lustrar zapatos hoy, tengo hambre, no seas mala:
-¡Eso te pasa por andar perdiendo el tiempo con el violín!, señorita, no tenemos tiempo para sueños tontos, deje de enseñarle a mi hermano, ¿cuánto le debo por sus clases?:
-Nada, muchacha:
-Somos pobres, pero no malcriados; dijo la chica, mientras sacaba dinero de su bolsillo:
-No le he dado ninguna clase todavía, pero si tú quieres, le daré clases para que pueda ganar dinero tocando, así cuando no encuentre trabajo como lustrador, encontrará trabajo tocando:
-No tenemos para pagarle:
-No se preocupen, no les cobraré porque esto es un proyecto, pero debe ir a la plaza a las siete de la mañana, cuando no hay gente para que no pierda trabajo:
-Es un flojo, ¡qué va a poder levantarse tan temprano! ¿Quieres aprender a tocar todavía?:
-Si, ¡quiero, quiero!, dijo Marcelo entusiasmado:
-Si no va a las siete, no le enseñe ese día, que aprenda a ser responsable:
-No te preocupes, así será: dijo Celeste y siguió su camino buscando más niños a quienes enseñarles, pero no encontró a nadie, las cosas eran más difíciles de lo que había pensado y se quedó preocupada por aquel niño, pues no sabía si esa tarde comería o no.
En los días sucesivos, le daba clases de violín y le invitaba algo de comer, para que pudiera sostenerse en la mañana, también le daba algunos consejos de cuando en cuando, para que no se metiera en líos y para cuidarse en las calles, no desistió de su labor, a pesar de los reclamos de Bernardo, quien se quejaba amargamente por no tener a su esposa en casa a la hora del desayuno, a lo que ella respondía:
- Ya comencé con esta labor, no puedo dejarla a la mitad, podemos desayunar a las seis o seis y media.
Tanto era el descontento de Bernardo, que Celeste evitaba verlo por la mañana, para no tener que discutir con él del mismo asunto, pero un día la situación era ineludible, se paró en la puerta, obstaculizándole la salida:
-Se me hace tarde, déjame salir; suplicaba ella:
-¡Es tu deber desayunar con tu marido!:
-Te prometo que a las ocho, estoy aquí:
-¡El desayuno es a las siete!:
-Si viviéramos en una ciudad grande, tal vez desayunaríamos a las seis, por motivos de trabajo, se comprensivo, tu horario de trabajo es flexible:
-¡Pero almenos trabajo, tú te dedicas a un sueño tonto!, ¡pierdes el tiempo!, gritó, mientras la asía con fuerza de los brazos:
-¡Suéltame, me lastimas!, exclamó y Bernardo la llevó cargada hasta el dormitorio, la colocó en la cama y cuando se disponía a cerrar la puerta, ella de un brinco se le adelantó, salió corriendo de la habitación y casi en un abrir y serrar de ojos se vio en la calle, sin que Bernardo pudiera detenerla llegó a su destino.
La situación en casa de los recién casados se ponía cada vez más insostenible, Leonela azuzaba a su hermano para que hubieran más peleas con Celeste quien ya estaba cansada de su cuñada por lo entrometida, imprudente, el mal tacto que tenía para tratar y su gran deseo de controlarlo todo a su regalado gusto, todas esas eran cosas que no sólo la hacían antipática ante Celeste si no ante las pocas personas del pueblo con las que había tratado, era como si tuviese dos personalidades, una mala y la otra peor, ya sea por superstición o por herencia sin duda tenía la forma de ser de sus dos tías, Leonela y Belinda de las cuales llevaba el nombre como un sello familiar que definitivamente marcó también su alma, así es que Leonela Belinda aunque muy amada por sus familiares resultaba un desastre para el resto de la humanidad a quienes parecía mirar con desprecio, por enzima del hombro como si se creyera superior a todos, era abismal la diferencia que hacía entre su familia y el resto y es que nadie está obligado a querer a todos por igual como un filántropo pero tan poco está bien tratar maravillosamente a un hermano ignorando por completo a los demás presentes sin siquiera saludarlos por un poco de respeto y educación.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Sinfonía en el mar capítulo dos

Capítulo 2

Las cosas no estaban saliendo como Celeste las había soñado, a veces no reconocía al hombre del que se enamoró y se preguntaba:
-¿en dónde está aquel hombre que plasmó en mi alma la forma del amor? Y que cada tarde me regaló entre besos poemas de latidos que sin decir nada dijeron mucho más que los labios más versados, ¡él me amaba, si!, amaba mi violín, por eso varias tardes antes de cada concierto iva esculpiendo mi imagen mientras tocaba para él y me decía que de las notas de aquel violín salían querubines, mas para mi, no había  cosa más bella que los latidos de su corazón.
-¿en dónde está, Vernardo? ¿En dónde está tu corazón? Pensaba cuando lo vio aparecer y mientras se disponía a abrazarlo deseaba con ferviente dulzura desenterrar su corazón oculto tal vez entre el hastío de la rutina pero él la esquivó con frialdad y todo siguió como en los días anteriores.
En la mañana Leonela salió a la tienda y se encontró con Celeste en el camino:
-ha, ese es tu alumno; dijo con desprecio al ver a Marcelo:
-buenos días señorita:
-¡me ha dicho la de la tienda que no hay pan!, exclamó Leonela muy enojada:
-mi alumno te está saludando; dijo Celeste y Leonela lo saludó con desprecio, ni siquiera le dirigió la mirada:
-no te preocupes del pan, ya compré una bolsa; al oír esto Leonela les dio la espalda y se fue:
-es una señorita rica:
-no, niñito, ¿porqué lo dices? Preguntó Celeste:
-porque los ricos siempre miran con desprecio, hací era la patrona de mi mamá, en su casa hablaban cosas feas delante de nosotros y no podíamos decir nada:
-en todo lugar hay gente buena y mala, no le hagas caso a esa señorita, tiene mal genio pero no es mala, además yo no permitiré que te haga nada:
-que buena es, hací era mi mamá:
-¿era?:
-si señorita Celeste, ella murió hace dos años con tuberculosis:
-¿tu padre?:
-se fue de la casa porque tenía otra mujer, no sabe nada de nosotros ni de mamá, no le diga a nadie que no tenemos padres, mi hermana Marcela dice que la gente nos haría daño, ¡no diga nada!; dijo casi llorando:
-no te preocupes, no diré nada; dijo Celeste calmando a Marcelito:
-tu y tus hermanos deben ir al médico para hacerse ver de los pulmones, pueden tener tuberculosis:
-no le diga nada a mi hermana mayor, ¡se enojará por haberle dicho!:
-está bien, no le diré nada pero pasado mañana irás conmigo a la posta, ¿qué comiste ayer en tu casa? Preguntó Celeste:
-huevo frito con arroz:
¿Qué comerás hoy?:
-lo mismo:
-no puedes comer todos los días lo mismo, si no te alcanza el dinero compra quinua y maís, eso alimenta y no cuesta mucho, diles a tus hermanos; dijo Celeste y desde ese día Marcela preparaba comidas un poco más variadas:
-se ve que es buena esa señorita, no se te vaya a ocurrir pedirle nada que no tenga que ver con la música, no hay que abusar de la bondad de la gente, además sería como pedir limosna y nosotros no somos mendigos, ¡qué vergüenza me daría saber que andan por allí de pedilones!.
Al oír esto Marcelo se sintió mal por todo lo que Celeste le invitaba de comer y decidió que no iba a ir al médico con ella, ya no recibía lo que le invitaba y le dijo que no iría con ella a hacerse el examen a los pulmones:
¿Por qué no quieres ir? Es por tu bien:
-no quiero abusar de su bondad, además nosotros no somos limosneros:
-eso ya lo se y se nota que eres un buen niño, no es malo recibir ayuda a veces, mucho menos si se trata de un alumno aplicado como tú:
-esque me da vergüenza, Marcela dice que no debemos incomodar a la gente:
-ustedes ya tienen muchos problemas, imagínate que estés enfermo y que por no hacerte el examen tu condición empeore hasta que tengas que tomar medicinas demasiado caras, ¡sería mucho gasto para tu hermana!, mejor alíviale el trabajo, acepta mi ayuda:
-está bien pero no le diga nada a mi hermana:
-no diré nada; dijo Celeste y fueron a la posta:
-¿Es apoderada del niño?:
-No doctor, soy su maestra:
-¿en dónde están sus padres?:
-No pueden venir:
-Eso es descuido, por eso hay tantos que se enferman; dijo el médico algo impaciente.
-no, es mi alumno; dijo ella sonriendo, se sintió feliz y pensaba en lo hermoso que sería tener un hijo, alguien a quien querer y educar, un niño a quien proteger, todo el camino se la pasó pensando en ello hasta que llegó a su casa y encontró a Vernardo discutiendo con Leonela:
-¡yo no se en donde está tu sombrero, no se!:
-¡lo puse en esa silla!:
-debe estar en tu cuarto, busca bien:
-¡Vernardo, ¡ya te he dicho que no está allí!:
-seguro has olvidado en donde lo dejaste hermana, busca bien:
-¿buscan el sombrero de cinta rosada? Preguntó Celeste:
-¡seguramente que tú lo moviste!:
-no pero te ayudaré a buscar:
-¡no puedo tener mis cosas en orden!, ¡tu esposa es una metete!, ¡¿quién le dijo que mueba mis cosas?!:
-debes aprender a ser más ordenada hermana:
-¡ha, claro!, ¡aquí la única desordenada es Celeste!, ¡yo me ocupo de la casa porque ella sale y sale!:
-aquí está tu sombrero, lo encontré en tu mesa de noche; dijo Celeste:
-ha:
-no te he pedido que me ayudes en la casa, no lo hagas:
-¡mi pobre hermano tiene que hacer las cosas por tí!:
-nos repartimos roles que él no debe dejar que tú hagas:
-yo lo ayudo porque lo quiero:
-¡no te metas a ayudarlo, no te metas!:
-¡mira como me trata tu esposa, es una mal agradecida!; exclamó Leonela:
-si no siguieras con tus proyectos tontos no tendríamos estos problemas; dijo Vernardo:
-¡en lugar de estar con ese niño harapiento dale un hijo a mi hermano!:
-¡esto es demasiado, Leonela!, ¡tú estás aquí de invitada, no puedes faltarme el respeto!:
-claro, yo estoy sobrando aquí; dijo Leonela llorando:
-no hermanita, no, ¡Celeste, mi hermana se merece una disculpa!:
-¡eso no, es ella la que debe disculparse!, date cuenta de que está faltando el respeto en esta casa:
-es mi hermana:
-y yo tu esposa:
-una esposa se encuentra en cualquier parte ¡pero una madre o una hermana no!:
-¿porqué me tratas hací Vernardo? Dijo Celeste con voz entrecortada y sintió que su corazón se desgarraba:
-¡eres un fiasco como esposa!, en el fondo eres una niña mimada, ¡no eres una mujer!, a mi todo me ha costado, pero tú que vas a saber de eso, ¡a ti todo te lo dieron!, si hubieras estado en mi lugar no hubieras sido nada, no cumples como esposa, ¡eso me pasa por haberme fijado en una riquilla como tú!.
Celeste no pudo contener el llanto, gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, no podía creer que el hombre al que amaba le hablara así, ¿cómo podía minimizar su esfuerzo? Si él mismo sabía que el arte demanda entrega y sacrificio:
-Ay, que delicada eres, claro, era de esperarse de una chica burguesa como tú, te crees una princesa:
-Leonela, a ninguna mujer le gusta que la traten mal:
-Ya déjate de engreimientos y sírvenos la comida; dijo Vernardo en tono grabe pero Celeste no pudo, al ver la mesa roja del comedor de diario entristeció aún más, esa mesa que Vernardo y ella habían comprado con tanto cariño le trajo dulces recuerdos y el color rojo aquella tarde le pareció tan triste, ¡hó no, no podía soportarlo!, por eso se fue a caminar a la playa hasta que el mar alivie su alma.
A la semana siguiente les dieron los resultados, gracias a Dios Marcelo estaba sano pero Celeste no dejaba de pensar en sus hermanos:
-si pudiera hacer algo, debo trabajar, el dinero se me está agotando, pero nadie quiere un profesor de música en este pueblo, ¿en qué trabajaré? Se preguntaba una y otra vez hasta que se le ocurrió la idea de hacer chocotejas pero amarga fue su sorpresa cuando llegó a la tienda para comprar coco y manjar:
 -señora Celeste, dijo la tendera:
-Me han dicho que la han visto con otro hombre, prosiguió:
Jajaja, si se refiere a Marcelo, si, le estoy enseñando a tocar violín:
-no se haga la inocente, no le estoy hablando del lustrador de zapatos, dicen que usted le es infiel a Vernardo, no le haga eso, es un buen chico, nos conocemos desdehace unos años:
Eso que le han dicho es totalmente falso:
-si el río suena es porque piedras trae, en este pueblo todo se llega a saber:
-¡me está calumniando!:
-sólo digo lo que dice la gente:
-¡¿quién dice semejante cosa?!, ¡qué venga a decirlo cara a cara!, ¡que no sea cobarde!:
-no, no les haga caso; dijo la tendera con miedo al ver lo exaltada que estaba su interlocutora:
-déme un kilo de manjar y un cuarto de coco y si alguien está diciéndole chismes falsos, ¡tráigamelo aquí!:
-si, si; respondió la tendera y le dio el pedido.

Sinfonía en el mar capítulo tres

Capítulo 3

Celeste salió bastante enfadada de la tienda y al percatarse de eso una clienta le dijo a la tendera:
-señora Chela, ¿qué le ha dicho usted a la esposa del escultor?:
-le dije que no le sea infiel y ella me dijo que le estaba enseñando violín a Marcelo, ¡fíjate, que desvergonzada!:
-¡hó, si!, parece que así son las limeñas, si le contara:
-cuéntame Catita, cuéntame:
-usted sabe lo cucufato que es my suegro, mucho más ahora que se a metido a esa religión y a hecho votos de castidad que por cierto le vienen como anillo al dedo ya que con eso oculta su falta de virilidad bajo la máscara de la espiritualidad:
-bien te vendría que tu suegro se quedara ciego:
 Hó, si, como usted sabe tengo que estender la ropa interior en el cordel y luego taparla con alguna otra ropa para que mi suegro no la vea y se escandalice, está loco de remate, ¡dice que es inmoral que la ropa interior esté exhibiéndose en el cordel!:
-que caballero, ¿cómo hace tu cuñada la limeña?::
-¡fíjese que no usa ropa interior!:
-eso no puede ser:
-si, señora Chela, nunca he visto que ponga ropa interior en el tendedero, ni siquiera bajo otras ropas, un día me moría de curiosidad, sigilosamente revisé sus cajones cuando ella no estaba y ¡no tenían ropa interior, ni una sola trusa!:
-Como dice el dicho Catita, las limeñas se visten bien de afuera, no importa si no les alcanza el dinero para comprarse una trusa:
-debe ser eso, ¡pero si viera!, ¡cómo le gusta conversar con todos los hombres del pueblo!:
-nunca la he visto hacer nada malo pero con lo cucufato que es tu suegro, ya me imagino el lío que se armaría, una vez vino a reclamarme un montón de cosas:
-¿qué cosas?:
-según él yo estoy propiciando la inmoralidad al oponerme a que boten los árboles del parque:
-¿porqué? Eso no tiene sentido, además los árboles dan sombra:
-también sirven como escondedero para las parejas, ¡sabe Dios todo lo que harán entre los árboles!, eso dijo muy enojado, ¡¿cómo ha podido casarse?!:
-porque seguramente vivía frente a un frondoso bosque y cayó en pecado.
Mientras conversaban escucharon que alguien decía casi gritando:
-¡Esa vereda ya estaba rota don Dimas, mis hijos no tienen nada que ver!:
-¡parece que tu suegro tiene problemas!, vamos a ver que pasa; dijo la señora Chela y salieron de la tienda:
-¡no quiero ver a sus niños montando triciclo en la vereda porque la están rompiendo!:
-la vereda no se rompe con los triciclos:
-¡claro que si!, mire esa raya señor Felipe:
-así fue hecha la vereda; dijo Felipe casi riendo y Catita con doña Chela entraron corriendo a la tienda porque les vino un ataque de risa que no pudieron contener:
-ya no nos riamos de mi suegro, es una falta de respeto, jajajajajajaja:
-eres tú la que te estás riendo:
-no podía evitarlo pero ya estoy tranquila:
-Catita, la falta de ocupaciones está loqueando a tu suegro, sería bueno que le den algo en que ocuparse:
-¿se imagina a mi suegro cómo alcalde del pueblo?:
-¡no, ni se te ocurra proponérselo!, volveríamos a la época de las tapadas:
-era una broma, ya no se que hacer, está tan lúcido que no se le puede controlar de ninguna forma:
-¿le llamas a eso lucidez?:
-parece que la lucidez le viene cuando le conviene
-buenos días señora Chela; dijo un niño de cinco años:
-¿qué te doy Benito? Preguntó ella:
-un kilo de ilo, un carrete de arroz, un litro de azúcar y dos kilos de leche:
-jajajaja, es un carrete de ilo; dijo Catita:
-ya, ya, toma; dijo doña Chela y le dio el pedido sin ganas de enseñarle a hablar correctamente pues estaba más interesada en lo que ocurría con don Dimas y despachó rápido a Benito:
-ya ve usted que mi suegro no es el más trastocado del pueblo:
--¿qué hace tu suegra al respecto?:
-nada, ella vive enserrada en su mundo, la pobre siempre tuvo que aguantar su carácter, ha sufrido mucho:
-Así es el amor:
-¡hó, no!, si mi esposo me hace sufrir yo lo dejo, es más, ya le he dicho que si no nos vamos de la casa de mis suegros este año ¡yo me voy!, ya no soporto a mi suegro:
-Actúas de una forma muy liberal, la casada debe estar con su esposo:
-Siempre y cuando no tenga un suegro como don Dimas:
-En eso te doy la razón Catita:
-Señora Chela:
-dime Anita:
-ha venido al pueblo un vendedor llamado Lino, lo encontré conversando con la esposa del escultor y le dije que venga a la tienda:
-seguramente se llama Marcelino, ¿hablaba amablemente con la violinista? Preguntó Catita:
-si, tu sabes que ella es sonriente y carismática:
-debe ser el hombre con el que le es infiel a Vernardo:
-no lo creo Cati, es una mujer correcta:
-no seas ingenua Ana; dijo otra clienta que entraba a la tienda. Se nota que desde que llegó leonela Celeste y Vernardo ya no se llevan bien, es natural que ella se fije en otro, ¡si supieran el lío que tuvieron ayer en su casa, yo de pasadita escuché:
-Elvira tiene razón Anita, eres muy confiada:
-Vernardo es tan duro con ella que parece que le a prohibido que toque el violín, por eso se va en las tardes a tocar en la playa, si quieren vayan a verla, no les estoy mintiendo; dijo Elvira y esa tarde corroboraron lo que contó, encontraron a Celeste tocando, no la vieron porque estaba en las rocas pero la escucharon.
Era un lugar acogedor, Celeste imaginaba que el sonido de las olas era una orquesta y tocaba durante las tardes, en su casa ya no encontraba paz, entre Leonela y Vernardo ya no podía estar tranquila, sólo el celeste sonido del violín y el color del mar la inspiraban.
Si, ella sentía el sonido del violín celeste, las notas de la flauta traversa ligeramente plomas y brillantes, el sonido del clarinete guinda, la voz de Vernardo café, etc. Esto le ocurría porque al igual que Mozar tenía sinestesia, en el mundo de ambos las cosas sin color tenían color.
Catita y doña Chela se acostumbraron tanto a escuchar el violín de Celeste en la playa que al no oírlo una tarde fueron a preguntar por ella a su casa con la escusa de que tal vez tenían un alumno para ella:
-lo que pasa Vernardo, es que mi suegro necesita algo en que ocuparse, leí en una revista acerca de lo buena que es la música para la mente:
-Mi esposa no está pero le diré que vinieron a buscarla:
-Muchas gracias:
-No, al contrario, gracias a ustedes, cuenten conmigo; dijo Vernardo en tono amable, con una expresión tan gentil que ambas comenzaron a pensar que Celeste tenía la culpa de las peleas, era difícil de creer que un hombre tan agradable fuese el malo de la película, peor aún cuando vieron a la violinista saliendo del pueblo con Lino el vendedor, esa fue una noticia que se divulgó rápidamente:
-vaya a la izquierda y en el primer pueblo que encuentre podrá comprar cobertura de chocolate; dijo Lino cuando hubieron salido del pueblo:
-gracias, hasta luego; dijo Celeste y cada uno siguió su camino.
En la tienda comentaban que Celeste tenía un amante que era vendedor y que cuando él llegaba se veían a escondidas. Al oír esto Vernardo se alarmó y comenzó a estar pendiente de los vendedores que llegaban a dejar mercadería a la tienda pero ninguno se encontraba con Celeste, su obsesión hizo que la falta de evidencias acrecentara sus dudas y se tornó más iracundo:
-¡si la encuentro con un amante la arrastraré de los cabellos hasta la casa!; pensaba mientras tocaba la puerta.
 Después de un rato Leonela abrió y él sintió el olor a chocolate de cada mañana:
-que bueno que llegas, te invito una chocoteja, el negocio está yendo bien:
-¿y los vendedores?:
-masomenos, no traen cobertura, por eso compré bastante:
-¡Deberías comprar todo de una sola vez!:
-No puedo hacer eso con el manjar, se malograría:
-Lo que quieres es tener excusas para salir:
-Ni siquiera había pensado en eso, ¿Qué te ocurre? No tiene nada de malo que salga, ya te he dicho mil veces que no dejaré mis proyectos; dijo Celeste y cuando terminó de envolver las chocotejas salió a venderlas, en la tarde se fue a la Playa como siempre mientras Vernardo no cabía en si mismo de pura cólera, estaba perdiendo terreno, su esposa se estaba convirtiendo en un muro impenetrable.

*
Las cosas cambiaron rotundamente para Celeste, atrás quedó aquel pueblo costeño, la tendera entrometida y el escultor, atrás quedaron las palabras hirientes de Leonela desde la tarde en que se fue a escondidas con Johann, la vida era dura a su lado pero no se arrepentía porque se sentía amada:
-Ya tienes varios hijos de tu difunta esposa a los que yo cuido, no sabes lo agotada que me siento, esperemos a que crezcan para tener un hijo:
-Nada me haría tan feliz que tener un hijo tuyo, te amo Celeste, ¿porqué no lo entiendes? Dijo él:
-Ase tanto que dejé de dar conciertos, me siento tan bacía, me gusta enseñar a tocar a tus hijos:
-eres la mejor maestra, no se que haría sin ti, me ayudas tanto transcribiendo partituras:
-Me agrada apoyarte pero, ¿qué de mi? Vivo postergando mis sueños; dijo ella, él la tomó en sus brazos mientras pensaba en silencio:
-encontraré la manera de que mi amada vuelva a dar un concierto, escribiré un método para que aprenda a tocar piano, ella se lo merece porque gracias a su vocación de maestra mis niños tocan violín.

Sinfonía en el mar capítulo cuatro

Capítulo 4

Esa tarde Marcelo vio a Lino el vendedor que llegaba al pueblo con juguetes, le llamaron particularmente la atención unos molinetes de plástico puestos cada uno en un pedazo de alambre:
-¡Qué bonitos, giran con el viento!:
-cuestan un sol; dijo el vendedor y Marcelo sacó de su bolsillo el único sol que había ganado ese día, no importaba si no almorzaba, desde hace mucho tiempo no tenía un juguete y pensó que valía la pena el sacrificio:
-déme el amarillo:
-toma; dijo el vendedor y Marcelo se fue saltando de felicidad a su casa, tenía una sonrisa de oreja a oreja y sus ojitos brillaban con el mismo entusiasmo de aquel día en que vio por primera vez a la violinista y escuchó esa música mágica según él.
Cuando Marcela lo vio llegar con un juguete estalló de cólera:
-¡¿cuánto ganaste hoy?!:
-Un sol:
-¡dámelo!:
-Hoy no comeré, he gastado lo que gané:
-¡Te prohíbo que gastes el dinero en tonterías!; exclamó Marcela y le quitó el molinete:
-¡Dámelo, es mío!; gritó Marcelo:
-¿qué pasa? Preguntó Lucía, una niña de doce años que era hermana de los dos:
-¡Mira en lo que gasta el dinero nuestro hermano!:
-Es la última vez, ¡pero dámelo, es mío!; suplicaba Marcelo:
-Dáselo Marcela, ¿qué te va a hacer un pedazo de plástico y alambre?:
-¡Que aprenda a no desperdiciar el dinero!; gritó mientras estrujaba el juguete:
-¡No, no, es mío!; gritó Marcelo llorando e intentó quitárselo junto con Lucía pero no pudieron y Marcela lo tiró al suelo después de romperlo:
-¡Para que aprendan a no desperdiciar el dinero!:
-¡Eres mala, mala!, ya no llores Marcelo, lo arreglaremos; decía Lucía mientras recogía el molinete del piso:
-Era mío, era mío; decía el niño mientras lloraba desconsoladamente.
 El plástico del juguete era blando y ligero, ya no tenía arreglo, lo único que servía era el alambre retorcido que Lucía enderezó nuevamente y no pudo evitar llorar también al ver el sufrimiento de su hermanito:
-¡tengo una idea Marcelo!, te haré otro molinete, consigamos cartón:
-¿De donde?:
-De esta caja:
-No, después no tendrás en donde guardar los hilos y todas esas cosas con las que trabajas:
-No importa:
-Se te van a caer las cosas, no deshagas tu caja:
-De todas maneras ya iba a botarla, quiero otra, esta ya está vieja:
-No quiero ningún molinete, pensándolo bien ese juguete es aburrido:
-Bueno, de todas maneras voy a botar la caja, ¿me acompañas?:
-Si; dijo Marcelo y salieron de la casa para dejar la caja en la vereda junto con toda la basura que recogería al día siguiente el carro basurero:
-Creo que nunca te he regalado algo que yo haya hecho con mis manos, las escarapelas de fiestas patrias, los moños para regalos y todo lo que he cosido lo he vendido siempre, tu estás aprendiendo violín y quien sabe un día te vuelvas famoso y te vayas de aquí, yo me quedaré con las ganas de regalarte algo hecho por mi y no podré:
-¿Yo famoso? No lo creo:
-Quien sabe, la vida da muchas vueltas, apurémonos para botar la caja:
-Mejor no la botes, hazme un molinete:
-Me alegra que sepas apreciar lo que hago con las manos; dijo Lucía y lo abrazó, se sentía feliz por alegrar con un juguete a su hermano.
Cuando el molinete ya estaba listo comenzó a girar con el viento y aunque no era tan bonito como el anterior Marcelo se divirtió mucho con el.
-¡Lo había olvidado por completo, soy una mujer casada!, ¿ahora qué haré? Amo a Joann, ¡lo amo!; pensaba cuando comenzó a nevar, era el año 1720 y el frío era insoportable, ambos se abrazaron para darse calor mientras temblaban, de pronto Celeste despertó, estaba abrazada a su violín tiritando de frío en la playa y los últimos rayos de sol alumbraban tímidamente.
Se sintió confundida por algunos instantes:
-Yo amo a Bach, ¡lo amo!; pensó y enseguida volvió a la realidad, al año 2010 y al pueblo costeño en donde vivía, fue agridulce despertar, se sintió tranquila al saber que nunca le había sido infiel a Vernardo pero también se dio cuenta de que hace varios meses que no era amada, entonces como dando manotazos de ahogado decidió reconquistarlo, el amor que sintió por Bach en su sueño era en realidad el amor que sentía por Vernardo, bajó de las rocas y durante el trayecto asia su casa pensaba:
-Nada es perfecto, el amor no es perfecto, tal vez Bach no amó tan profundamente, ya que al año de la muerte de su primera esposa se casó con Ana Magdalena, escribió el libro Ana Magdalena Bach para ella pero a cambio tal vez de que cuide a sus veinte hijos, siete de su primera esposa y trece de ella, ¡pobre cuerpo!, debe haber tenido una bejés difícil después de trece embarazos, pobre mujer, en esa época no habían anticonceptivos, sin duda hoy en día las mujeres vivimos mejor o por lo menos tenemos la alternativa de elegir.
Hablaré con Vernardo y arreglaremos nuestras diferencias, luego me pondré el vestido que usé cuando esculpió mi imagen y tocaré para él, le daré un chocolate en forma de corazón con letras que digan te amo, quiero desenterrar su corazón, sacarlo de las espinas en donde está, esas espinas hechas de palabras que Leonela ha ido sembrando, tal vez ella también se apacigüe al vernos más unidos que nunca, quizás si le hablo de mujer a mujer, de corazón a corazón me entienda:
-¡¿En dónde has estado?! gritó Vernardo cuando vio llegar a Celeste:
En la playa, pero no me grites:
-Acaba de anochecer, ¡¿esperas que te crea?!:
-Me quedé dormida en las rocas:
-¡Será en la cama de tu amante!, ¡mejor dime la verdad!:
-¡Me estás ofendiendo!:
-todo el pueblo sabe que tienes un amante:
-¡Estoy dispuesta a enfrentarme a todos cara a cara!, no tengo ningún amante, vamos, ¡¿quién está diciendo eso de mí?!:
-Se lo escuché a José el panadero, lo comentó en la tienda:
-¿qué tiene que ver el panadero en esto? casi no lo conozco además vive en otro pueblo:
-Para que veas cuan lejos a llegado tu fama de infiel, ¡eres una cualquiera!:
-Ya sospechaba yo que podías serle infiel a mi hermano, sales tanto:
-¡Tú no te metas Leonela!, ¡vamos, vamos, quiero aclarar esto de una vez por todas!, ¡me están calumniando!:
-cuando lo encuentre lo golpearé, ¡lo golpearé!, después de que el escultor gritó los tres fueron a la tienda, Celeste estaba asustada por la reacción de Vernardo y rogaba a Dios para que esa noche nadie resultara herido:
-¡¿quién es el amante de mi esposa, quién?! gritó en la tienda delante de los clientes que enmudecieron al ver lo que pasaba:
-por favor, baja la voz; dijo Celeste avergonzada:
-¡¿quién es el amante de mi esposa?!, ¡hablen de una vez, hablen, no sean cobardes!, decía mientras golpeaba el mostrador, un niño de dos años se abrazó a las piernas de su madre y comenzó a llorar a gritos, se asustó tanto que tuvieron que irse de la tienda:
-¡Señora Chela, usted sabe!:
-No se nada, no se nada:
-Nos está haciendo mucho daño, ¿quién le ha dicho que tengo un amante?:
-Lo comenta la gente, por favor cálmese Vernardo, podemos aclarar esto de una manera pacífica, usted es un buen hombre:
-Esta duda me desespera:
-Lo comprendo Vernardo pero las cosas se aclaran con tranquilidad:
-¿quién ha dicho que tengo un amante? Eso es totalmente falso:
-Queremos pruebas, no es justo que mi hermano esté sufriendo así:
-Dicen que el amante de la señora Celeste se llama Marcelino; dijo una mujer como de ochenta años:
-No es Marcelino, se llama Marcelo y es un niño de siete años al que le enseño violín:
-Doña Blanca, no se sabe cual es su nombre pero es un vendedor; dijo José el panadero que había ido a dejar un pedido:
-No tengo ningún amigo vendedor en este pueblo, ni si quiera un amigo, habré hablado sólo en dos ocasiones con un vendedor que vino de pasada:  
-Claro, don Avelino, la gente dice que usted salió del pueblo con él, dijo don Dimas:
-No recuerdo a ningún Avelino:
-Vaya, yo pensé que se llamaba Marcelino, sólo le dicen Lino; dijo Cati:
-ha, ya recuerdo algo, él sólo me indicó el camino al pueblo en donde venden cobertura de chocolate:
-Ese día que saliste del pueblo don Avelino me trajo arcilla:
-Todo ha sido un invento, ¿te das cuenta? Dijo Celeste:
 Nunca lo he visto con mi esposa salvo esa vez, no son amantes:
-Entonces ¿por qué se corrió el rumor de que tengo un amante?:
-Casilda dijo que la esposa del escultor tenía un amante; dijo doña Chela:
-¿Por qué dijiste eso Casilda?:
-Porque tu hermana me dijo que pensaba que Celeste tenía un amante, por eso descuidaba la casa y a su marido, no tenía el desayuno a la hora y era mala anfitriona, desordenada, desacomedida, haciéndote hacer todo lo de la casa a ti y a ella, en otras palabras te tiene pisado y para colmo de males no quiere darte un hijo.
  Al oír todo eso Celeste y Vernardo se molestaron con Leonela, él por divulgar su vida privada y ella por hacerle mala fama, pero la más triste era Celeste porque su esposo desconfió de ella al punto de insultarla y avergonzarla delante de todos y para colmo de males no la defendió ante su hermana, al contrario, cuando le dijo a Leonela que no debió hablar mal de ella delante de Casilda Vernardo le respondió que eso le pasaba por salir tanto y seguir con sus sueños tontos, Celeste desconocía a Vernardo, hasta su rostro cambió en esos meses, su mirada tierna se había convertido en una mirada iracunda, dominante y fruncía constantemente el seño tanto que a sus treinta años comenzó a tener leves arrugas, casi imperceptibles pero que comenzaron a delatarlo, Catita y doña Chela se dieron cuenta de su verdadera forma de ser por más que él intentara ocultarla.
A pesar de todo lo que había pasado Celeste seguía intentando reconquistar a Vernardo y a la mañana siguiente le llevó una bandeja con su comida favorita a la habitación en donde trabajaba:
-Gracias; dijo él y se quedó mirándola.
Aquella joven mujer no parecía llevar una bandeja en sus manos, se veía tan delicada, tan triunfal que más parecía llevar un trofeo, un galardón y sus ojos azules de mirada profunda, como si vislumbraran nuevos horizontes, con el brillo centellante de la inteligencia, esa mirada propia de una mente culta que lo conquistó ahora le daba miedo y lo enfadaba porque sentía que intentaba tener algo que no poseía.
Las cosas nunca serían como antes, el encanto del enamoramiento ya pasó y según Vernardo Celeste debería olvidarse de la música , vender chocotejas de vez en cuando y dedicarse a la casa pero eso nunca pasaría porque ella no iba a dejar de tocar el violín, era algo que no podía evitar y si lo hacía se sentiría como una flor sin rocío que lentamente se marchita, tan poco iba a dejar sus proyectos, mucho menos ahora que había visto cara a cara a la miseria, al dolor ajeno, ¡no, ella debía hacer algo, si Mosar con tantas deudas y Chuber con una vida precaria fueron grandes, músicos destacados, tal vez Marcelo también lo lograría y si decidiera no ser músico en el futuro la disciplina de haber aprendido a tocar le serviría para lograr las distintas metas que se trace en la vida :
-¡Qué niño tan virtuoso!, parece que sus manos fueron hechas para el violín, la elasticidad de sus dedos, la agudeza de su oído, al parecer Marcelo tiene oído absoluto, no sólo sus manos fueron hechas para tocar, todo él fue hecho para el violín, nunca he visto a nadie así, ¡no puedo dejar mi proyecto a la mitad!, en tan poco tiempo y sin contar con un violín propio ha aprendido bastante; pensaba Celeste y le encargó a su mejor amigo que le envíe un violín económico para su alumno, con el tiempo le compraría uno de mayor calidad.
Mientras tanto en casa de don Dimas el canto de dos palomas se dejaba sentir en la jardinera del segundo piso:
--¿por qué hacen tanta bulla esas palomas?:
-se están apareando, don Dimas:
-¡qué irrespetuosa eres al hablar Cati!:
-es la verdad y no tiene nada de malo, así es la naturaleza:
-eso no significa que debas hablar de una manera descarada; dijo don Dimas y cuando se acercó para serrar la cortina Cati lo detuvo:
-¡no sierre la cortina!, espantará a las palomas:
-¡que se vayan a hacer sus cochinadas a otra parte!:
-no son cochinadas, gracias a eso no se extinguen los animales, no se extingue la humanidad, no venga aquí con tanta cucufatería porque usted también ha engendrado hijos:
-¡es el colmo de la insolencia, del descaro!:
-sepa usted que engendrar a un hijo es algo sagrado, ¡sagrado!:
-¡botaré a esas palomas de una vez por todas!:
-¡no!; dijo Cati y se opuso con tal vehemencia que don Dimas no pudo hacer nada, nunca la había visto tan firme:
-¡eres una descarada!:
¡Usted es el mal pensado!, no ve las cosas de una manera limpia y pura, todo lo considera malo:
-¡no soporto tu descaro!, me has faltado el respeto!:
-¡no me interesa lo que piense, engendrar a un hijo para mí es algo sagrado!:
-¡calla, calla, irrespetuosa!; exclamó don Dimas y Cati enfureció como nunca antes, ella misma se desconocía pues siempre había sabido barajar ese tipo de situaciones con paciencia y buen humor pero esa mañana se enojó tanto que vomitó y cayó desmayada al suelo.
 Don Dimas sintió que se le venía el mundo abajo, pues estaban solos en la casa, su esposa se había ido unos días con sus hijas  y su hijo el esposo de Cati estaba en otro pueblo.
Sin saber que hacer don Dimas salió de la casa y pidió ayuda a Celeste que iba camino a su casa pues fue la primera persona que vio en el pueblo:
-¡Catita, mi nuera!:
-¿qué pasa don Dimas?:
-¡no pensé que esto pasaría!, ¡mi nuera, mi nuera!; exclamó don Dimas tan asustado que alarmó a la violinista, se veía pálido y agitado:
-¿qué ocurre? Dígame para poder ayudarlo:
-mi nuera está desmayada:
-vamos a su casa, hay que hacer que aspire alcohol y luego llevarla a la posta, pero cálmese para que pueda ayudarla; dijo la joven tratando de estar tranquila.
Cuando llegaron a casa de don Dimas Celeste se impresionó al ver a Cati sobre la alfombra de la sala de estar, estaba pálida y sudaba mucho, enseguida le hizo oler el alcohol que le dio don Dimas y poco a poco despertó:
-¿porqué se desmayó? Preguntó Celeste extrañada pues no la había visto enferma en los días anteriores:
-no se, dijo él pero en el fondo se sentía culpable, cuando Cati terminó de despertar no sabía lo que estaba pasando:
-¿cómo te sientes? Preguntó Celeste:
-¿Celeste? ¿Qué haces aquí?:
-te desmayaste, vamos a la posta; respondió ella, después ambos la ayudaron a bajar las gradas y la llevaron a la posta en un mototaxi.
Las enfermeras la examinaron:
-¿tomó alguna pastilla? Señora; preguntó el médico:
-no, sólo renegué mucho; dijo ella y enseguida le sacaron sangre para hacerle análisis:
-tiene que estar en reposo todo el día, no debe hacer nada:
-ya oíste al médico, cuando llegues a la casa será mejor que te acuestes; dijo don Dimas:
-¡este viejo antipático!; pensó y lo miró de cólera por lo cual se salió de la posta un rato:
-que bueno que me dejó en paz, ya me tiene arta, si te contara Celeste:
-si te hace bien hablar te escucho:
-mi suegro es demasiado cucufato, no hay cosa buena para él:
-disculpen la interrupción; dijo el médico, señora Cati, venga dentro de tres días a recoger el resultado de los análisis; prosiguió:
-si, doctor dijo Cati y reanudó su conversación con Celeste.

autora Esperanza Gómez-Cornejo Bazán